jueves, 26 de enero de 2012

DON BENITO TIENE SUS ÁNGELES


Los primeros tramos de nazarenos van enfilando sus pasos hacia la calle Donoso Cortés, bajo la luz de la luna, que va abriendo paso a la comitiva. Una larga hilera de cirios rojos, en contraste con el ruán de las túnicas de negro, vienen flanqueando la Cruz de Guía.

Apenas podía sentir el chirriar de las cadenas arrastrándose de forma melancólica y solemne por el húmedo adoquín del Jueves Santo; repicando de forma insistente una y otra vez, dejándose sentir cada vez mas cerca, por aquellos penitentes, que daban un paso más allá en la expiación de sus pecados, o en el cumplimiento de sus promesas.

A lo lejos, podía divisarse la silueta del Cristo de la Buena Muerte, cuyo rostro quedaba al descubierto por la luz que le llegaba desde los faroles de guardabrisa que lo rozaban levemente a izquierda y derecha, como queriendo acariciarlo: “¡¡ poco a poco, vamos de frente con el Señor valientes, la izquierda adelante y la derecha atrás...!! “. Palabras que sonaban a gloria en el silencio de la noche, y que Pedro les iba ordenando con respeto a sus costaleros. ¡¡ Que orgullo para su Madre, ver como cuidan a su hijo !!.

La revirá desde la calle Luis Hermida, dio paso a una tremenda chicotá prácticamente a tambor, ejecutada de manera imponente por esas zapatillas de esparto que raseaban sobre la calle, meciendo el paso de forma acompasada, sin estridencias, que fue acercando al Señor hasta una de las pocas luces artificiales que iluminaban la calle. Aquella luz salía de las puertas de la Capilla del Convento de las Carmelitas Descalzas de Santa Teresa, en el número 21.

La gente abarrotaba la calle, expectante, nerviosa, con la ansiedad de quien no ve el momento de que llegue “el momento”. Alguien era mandado callar por otro, con el siseo característico; los flases de las cámaras se centraban en el rostro compungido del Señor, pero el momento, no merecía ser roto por sonidos que no fueran propios del silencio respetuoso. Las miradas hacia el horizonte, fueron tornando en cabezas inclinadas hacia el imponente crucificado. Algunos aprovecharon para presignarse, o clavar en su cuerpo amoratado por la pasión, una nueva oración. “Poco a poco valientes, ¡¡ pararlo ahí !!. En ese momento dos golpes secos de llamador me estremecieron, y despertaron el llanto de un niño asustado por la escena. El paso quedó quieto mirando hacia el frente de la calle, en la misma puerta de la capilla.

Quedaba el último reto antes de reverenciar a sus moradoras; la calle estrecha, la luz mínima, y el público apenas dejaba un metro para maniobrar, pero el buen hacer de Pedro con sus costaleros obraría el “milagro” una noche mas. Alcé mis ojos hacia la luna, y después de un largo suspiro, bajé la mirada de nuevo a la escena. Dos nuevos golpes de llamador para que su patero de confianza, con un ligero movimiento de pies, casi en una baldosa, compusiera la mejor sinfonía de la estación de penitencia, para que racheando todos al compás, sin mas, el Señor quedara mirando al interior del pequeño templo. “ánimo con El, valientes, que se vea como trabajan los que saben y pueden; vamos a pedir aquí por todos vosotros y por vuestas madres, para que el Señor nos ayude a continuar, y a dar gracias a Dios, por permitirnos volver aquí, a su lado, otro año mas”.

Palabras sinceras, afectuosas y cargadas de emotividad, que hicieron resbalar alguna lágrima de los que allí se agolpaban. Un “padrenuestro” espontáneo volvió a romper el silencio de la noche. Pedro cogió dos claveles de la delantera del paso, y se adentró en la capilla. La magia de la noche aún nos deparaba el sonido inimitable de quienes tienen en la Oración, la razón de ser de sus vidas; nada para ellas, todo para los demás. Con claridad, pudimos escuchar desde fuera sus voces, claras, dulces y angelicales. El Señor de la Buena Muerte reverenciando al Cristo de “Marcelino Pan y Vino”, y siendo testigo de su divina presencia. El coro de voces de las monjitas, sólo pudo brillar con más luz en aquella noche de luna llena que llenaba el ambiente. Un respetuoso aplauso de los allí presentes, puso fin a ese ansiado momento, convertido en el más emotivo y esperado por los fieles y curiosos.

En ese momento, comprendí que Don Benito tiene sus ángeles. Basta con escuchar su voz, no es necesario verlas, pero su labor, su vida, su entrega, sus años de historia y su ejemplo no tiene precio, y se siente en el corazón y en el alma de cada uno de nosotros. Si algún Jueves Santo, queréis sentir su presencia, no dejéis de esperar el paso del Señor y de su Madre, que llegan a visitarlas.

Dios sabe donde pone su mano….