lunes, 10 de marzo de 2014

PREDICAR EN EL DESIERTO







Comienza una nueva Cuaresma para todos, y en particular para los amantes de la vida Cofrade. Un tiempo donde culmina la preparación de todo un año, donde se da principio y fin a una manera de cumplir con nuestras pasiones, con nuestras devociones. No es un objetivo en si mismo para el Cofrade, es una razón más para cumplir con sus obligaciones, puesto que tras ella, la Semana de Pasión, es el colofón a una temporada de arduo trabajo y dedicación, pero también es el inicio de la preparación de la siguiente. La vida del cofrade, no es en si misma la que contempla una actividad ceñida a este período, sino que es un peldaño mas, unido al de la Formación, al de la Fe, al de la Caridad de su Obra social, al de la catequización permanente en el ámbito de su Parroquia y de su Barrio. Todos estos parámetros, son los pilares fundamentales de una vida cofrade plena, y quien no los tenga contemplados como tal, no puede considerarse un verdadero cofrade…

A veces uno tiene la sensación, cuando desarrolla este Blog, de estar “predicando en el desierto”; sobre todo cuando el lugar geográfico desde el que nos dirigimos, es uno de los más alejados de esa plenitud de vida y espíritu cofrade verdadero. Está claro, y no engañamos a nadie, que no existe una verdadera “pasión dombenitense”, valga la redundancia del título de mi Blog ( que ya es el vuestro..). Cuando echamos la vista atrás, y tratamos de analizar lo que nos mueve a cada uno a sentir una vida cofrade plena, tengo claro que lo mas alejado de ella, es vestir el hábito de nazareno una vez al año; acudir a rendir culto a mis titulares, una vez al año; no ser convocado para ningún acto solidario, ni de formación, ni de convivencia con otros cofrades; no alimentar la devoción de ninguna de las maneras posibles, que se nos exigen a Hermandades y  Cofradías.

Por todo ello, uno tiene  la sensación de estar hablando para quien difícilmente tienen la intención de escuchar, o cuyas entendederas, están muy alejadas de lo que uno pretende encontrarse al otro lado de la interlocución. Así debió sentirse Juan el Bautista:

Cuando Juan el Bautista salió a predicar, eligió un curioso lugar para instalar su ámbito académico: el desierto palestino. Realmente no podía haber buscado un sitio más inapropiado. ¿Cómo haría la gente para llegar hasta allí? ¿Y cómo podrían ubicarse más o menos cómodamente para escuchar sus sermones, entre las piedras, los insectos, la arena, el sol y las alimañas? ¿Y dónde encontrarían sanitarios, o un lugar para hacer un alto y tomar agua?





Pero a Juan no pareció haberle importado esos detalles. Y a la gente tampoco, porque dice el Evangelio que “acudían hasta él muchedumbres de toda la región de Judea, y todos los habitantes de Jerusalén, y se hacían bautizar por él confesando sus pecados” (Mc 1,5). Juan convirtió el desierto en un hervidero de gente, llegada de todas partes para escuchar su mensaje, confesar sus pecados y cambiar de vida.

¿Pero por qué eligió un lugar tan incómodo para dirigirse a su auditorio? En ese sentido Jesús fue más práctico: buscaba a las multitudes donde ellas se reunían naturalmente: en las plazas, las calles, el Templo, las sinagogas, o las casas de familia. No las obligaba a concurrir a ningún lugar penoso. En cambio Juan les complicaba la vida. ¿Qué razón poderosa tuvo para arrastrar al gentío hasta el desierto y hablarles allí?

Un escenario contradictorio

Si averiguamos dónde exactamente predicaba Juan, quizás podamos resolver el misterio. El primer dato que nos da el Evangelio es que se había instalado “en el desierto” (Mc 1,3-4; Mt 11,7). Éste no era, como solemos imaginar, una planicie cubierta de arena y dunas en medio de la nada. La palabra hebrea midbar (que traducimos por “desierto”) indica un lugar deshabitado y sin cultivar, pero que podía tener vegetación, plantas, y hasta incluso un río.

¿Y cuál era concretamente ese desierto? Mateo lo señala: era “el desierto de Judea” (Mt 3,1). Una vasta región, situada al norte del mar Muerto, justo donde desemboca el río Jordán (Jue 1,16; Sal 63,1). Para nuestra mentalidad, puede resultar extraño que el valle de un río sea llamado “desierto”. Pero hay que tener en cuenta que ese último tramo del Jordán, antes de desembocar en el mar Muerto, es una zona donde no llueve casi nunca, el suelo es infértil, y ofrece al visitante un aspecto árido y desolado. Incluso Flavio Josefo, un historiador judío del siglo I que conocía muy bien la geografía de su país, dice que el río Jordán “serpentea a lo largo de un buen trecho de desierto”. O sea que para la Biblia, el terreno por donde el río Jordán transitaba sus últimos kilómetros se consideraba un “desierto”.



San Marcos confirma el dato cuando dice que la gente iba al desierto a escuchar a Juan “y se hacía bautizar por él en el río Jordán” (Mc 1,5). O sea que “desierto” y “río” eran dos realidades que estaban en el mismo escenario donde predicaba y bautizaba Juan.

El DESIERTO: ESE MUNDO COFRADE QUE A VECES NOS RODEA

En la prédica, como en toda labor comunicativa, es imprescindible contar con público o auditorio, por ello la tarea se torna más que difícil, se diría absurda, si se lleva acabo en el desierto, lugar caracterizado por la escasez de seres vivos. Se dice que “es como predicar en el desierto” cuando se le habla a alguien que no entiende razones, que está muy cerrado en su idea o que no puede o no quiere concentrarse en lo que se le dice. La prédica es algo propio de aquellos que intentan convencer a otros de sus creencias, motivo por el cual se asocia con los ámbitos religiosos y, más comúnmente, con los apóstoles. Precisamente tenemos que recurrir a uno de ellos, San Mateo, para desentrañar el origen del concepto hecho frase: “En aquellos días vino Juan el Bautista predicando en el desierto de Judea, y diciendo: Arrepentíos, porque el reino de los cielos se ha acercado. Pues éste es aquel de quien habló el profeta Isaías, cuando dijo: Voz del que clama en el desierto: Preparad el camino del Señor, enderezad sus sendas.” (Mateo·3:1-2). A Isaías no le creyeron, a Juan El Bautista tampoco y a Cristo… muy pocos, al menos en su tiempo.



Así es como nos sentimos algunos COFRADES en esta zona de las Vegas Altas; y recalco lo de COFRADES con mayúsculas, por que también los hay con minúsculas, y esos son los que conforman el gran desierto al que se dirigen los ecos de nuestras palabras….  Mientras unos se siguen quedando en el envoltorio del caramelo, dulce del que solo gustan disfrutar varios días al año; otros nos regocijamos de comernos ese caramelo, y 100 mas como ese el resto de días del calendario.

Ese desierto, lo conforman en mayor medida quienes tienen la obligación impuesta por su cargo, de dar algo mas que un buen deseo o una buena intención. Desde las propias directivas de las Hermandades y Cofradías surge la importante tarea de la MOTIVACIÓN,  la IMPLICACIÓN, la tarea de ESCUCHAR A LOS HERMANOS, la de darles la opción de EXPRESAR SUS OPINIONES; la de abrirse a NUEVAS IDEAS; la de GENERAR CONFIANZA ; la de TRABAJAR POR EL CRECIMIENTO DE LA HERMANDAD

Cuando todos estos adjetivos faltan y sin embargo sobran otros como la DESIDIA, la ENVIDIA, la PEREZA, el ACOMODAMIENTO, la NEGACIÓN DEL PAN Y LA SAL, la VANALIDAD, el EGOCENTRISMO, y un largo etcétera de calificativos, que afortunadamente nos ofrece el Diccionario de la Real Academia de la Lengua Española; nos encontramos con este desierto para el que uno predica obteniendo muy poco fruto a cambio.



El problema está cuando no se quiere ni se cree en lo que se hace; cuando falta convicción, necesidad de dar sin recibir, cuando nos quedamos en ese envoltorio, pero no acudimos a la casa del Hermano a ver lo que le pasa, lo que necesita, y lo que este Hermano nos puede aportar. Cuando se sientan en la mesa a debatir sobre el futuro de nuestra Semana Santa, los puntos a tratar se quedan en el envoltorio de ese caramelo, por que el sabor del mismo no les gusta. No hay una reflexión profunda de los verdaderos problemas que una Hermandad de penitencia o no, está en disposición de poder solucionar. Se debaten cuestiones que mas se acercan al ego de cada uno, que al ponerse en la piel del hermano, que al intentar ser como el campesino que siembra y siembra y siembra mirando al cielo, y esperando un buen tiempo para su cosecha. Yo les animaría a presentar ideas al Consejo Diocesano de Hermandades y Cofradías de Plasencia, y no a mandar misivas aludiendo a los que las tienen, por omisión de ellos.

Y todo ello me lleva a la siguiente reflexión:

Si no amas lo que haces, si no crees en lo que haces, si te resulta molesto o costoso, si eres incapaz de escuchar y que te escuchen; si solo te preocupa lo que hablen o digan de ti, pero eres incapaz de reconocer tus errores, tus limitaciones, tu incapacidad, y no le das paso a gente mas ilusionada y con mayor espíritu cofrade; difícilmente vas a poder tomar decisiones acertadas y que redunden en un futuro mas vivo, en un tránsito hacia el mantenimiento de las costumbres, de las devociones populares…

Algunos están ya señalados por su nula aportación a la causa, y por el daño que están haciendo a la Semana Santa, pero ….no hay mal que cien años dure.


Mientras sigamos teniendo el ánimo suficiente, (que lo tenemos) seguiremos con nuestra predicación, aunque sea en este desierto que nos rodea….. Esperemos que  esta Cuaresma sea un camino de verdadera reflexión sobre ello.