jueves, 21 de noviembre de 2013

LA ICONOGRAFIA DE JESÚS ORANDO EN EL HUERTO








Oración en el Huerto  de Hellín (Albacete) de Federico Collaut Valera - 1945



La historia de la agonía del Señor Jesucristo en el huerto de Getsemaní es uno de los pasajes más profundos y misteriosos de la Biblia. Contiene cosas que ningún hombre puede explicar satisfactoriamente. Al estudiarlo, bien se podrían repetir las palabras que Dios le dijo a Moisés cuando se le apareció en la zarza ardiendo: "Quita tu calzado de tus pies, porque el lugar en que tú estás, tierra santa es" (Ex 3:5). Sin lugar a dudas, el estudio de este pasaje nos debe llevar más bien a la adoración que al análisis.

Aquí veremos al Señor librando la batalla definitiva contra el pecado, pero por alguna razón, esta batalla se nos presenta en dos actos: Getsemaní y Gólgota. Esto nos lleva a preguntarnos ¿por qué fue necesario pasar por Getsemaní? ¿No se podía haber evitado un episodio tan doloroso de su vida? Pero a lo largo de estos estudios veremos que fue en Getsemaní donde el Señor tomó la decisión de ir a la Cruz, mientras que en el Calvario fue donde la materializó.



                                     Oración en el Huerto obra de Salzillo (Semana Santa Murcia)


Oración en el Huerto de Linares: Cristo de Eduardo Espinosa Cuadros; 
Ángel Confortador de Dubé de Luque y Apóstoles de Manuel Martín Nieto

En nuestra ciudad de Don Benito (Badajoz), se abre paso sin prisa pero sin pausa la futura Cofradía del Sagrado misterio de la Oración en el Huerto de nuestro Señor Jesucristo, (hoy Hermandad Parroquial), que no sin muchas dificultades, es la única organización de fieles con actividad mas allá del Lunes Santo en que desarrolla su estación de penitencia.  Por este motivo, creo de máximo interés traer a esta entrada de Blog, una serie de notas sobre el momento que trata esta inconografía, que ya forma parte de una larga tradición de Hermandades a lo largo de nuestra geografía nacional, como da fe de ello el próximo XII Congreso de Hermandades de La Oración en el Huerto, a celebrar en Valladolid a principios del mes de diciembre, al cual ha sido invitado esta corporación calabazona. Aquí os dejo el siguiente enlace:







Cristo de la Oración en el Huerto de Don Benito (Badajoz), 
obra de Enrique Calero Rivera - 2010


La representación inconográfica de la Oración en el huerto es relativamente tardía. Los Evangelios nos dicen que se fue con 3 apóstoles a rezar en un huerto, por lo que aparecen los apóstoles en un lado, Cristo adelantándose y en un alto, olivos. En algún sitio tiene que aparecer la divinidad y un ángel con un cáliz, del que en ocasiones caen unas gotas de sangre. Conforme va pasando el tiempo, el sentimiento de dolor aumenta.

Se recrea en el pasaje evangélico de Lc. 22, 41-44, del Misterio de la Oración en el Huerto de Getsemaní, mostrando a Cristo humano y abatido de rodillas en actitud orante, en el momento exacto de la aceptación de su sacrificio, mientras que el ángel pasionista Egudiel lo conforta y tranquiliza mostrándole el cáliz de su sufrimiento.

ESTUDIO DEL MOMENTO ICONOGRÁFICO QUE REPRESENTA

La oración en el huerto de Getsemaní

La tristeza

Salen del Cenáculo, situado en la parte alta de la ciudad, y recorren el camino hacia el monte de los olivos por la escala de los Macabeos. Era una media hora de camino. Jesús empieza a sentir en su alma una tristeza extraña, que deja a todos sin saber qué decir y cómo consolarle. Pero le siguen en aquel camino iluminado por la luna de abril. Estaban ya en el día de la Pascua.

"Entonces llegó Jesús con ellos a una finca llamada Getsemaní, y dijo a los discípulos: Sentaos aquí mientras voy allá a orar". Parecía como de costumbre, pero tiene el alma en tensión. Las emociones de la cena le llevan a una vigilia de alma que quiere entregarse del todo. Ocho de los discípulos se quedan en una cueva, resguardados del relente de la noche. El Señor se aleja de ellos llevándose sólo a Pedro y a los dos hijos de Zebedeo, Juan y Santiago. Son los mismos que estuvieron en la transfiguración del Tabor contemplaron su gloria, y los que vieron con sus ojos la resurrección de la hija de Jairo. Ahora van a ser testigos de algo mucho más difícil de entender: la agonía de Cristo, que quedará reducido a un hombre despojado de gloria y esplendor, como si estuviese derrotado. Y tienen que seguir creyendo que es Dios y hombre verdadero contemplándolo inerme, humillado, derrotado, sufriente. Es una situación que sólo se puede superar el escándalo con una fe nueva.


Oración en el Huerto de Albox (Almería) obra de Fernando Carrera Antúnez en 1944


Jesús se retira como a un tiro de piedra a un lugar donde que existe una enorme roca. Y "empezó a entristecerse y a sentir angustia. Entonces les dijo: Mi alma está triste hasta la muerte. Quedaos aquí y velad conmigo"(Mt). No se trata de una batalla cualquiera, sino de un amor que va a sufrir la mayor dificultad. Cuando en el fondo del alma se vive el gozo de la presencia del Padre, lo externo se torna menos difícil. Pero ahora Jesús experimenta como una no presencia, aunque el Padre esté siempre allí.

Jesús ora

A Jesús se le hace presente todo el sufrimiento de la crucifixión. De esto se trata. De amar a pesar de los pesares. Y viene la angustia, el desasosiego, las lágrimas, el desaliento. Experimenta los efectos del pecado en su alma, especialmente la separación de Padre, que es lo más difícil, es un comienzo del descenso a los infiernos que ocurrirá después de la muerte. Es un anonadamiento en su alma. Ha comenzado la Pasión cruenta en su alma. Pero no cede, sigue rezando, y sigue amando la voluntad del Padre que también es la suya, y ama a los hombres todos, que son los causantes de ese dolor.

"Y adelantándose un poco, se postró rostro en tierra mientras oraba diciendo: Padre mío, si es posible, que pase de mí este cáliz; pero no sea como yo quiero, sino como quieras Tú"(Mt). Jesús llama a su Padre, con acentos de hijo pequeño, le llama "Abba"(Mc) oración desconocida en otros labios. Él es el Hijo que cumple la voluntad amorosa del Padre. El Padre quiere salvar a los hombres por la línea del máximo amor; y el Hijo quiere esa voluntad que costará tanto dolor. Ese es el precio de la salvación de los hombres: un acto de misericordia que cumple, al tiempo, toda justicia.



Entonces "Un ángel del cielo se le apareció para confortarle. Y entrando en agonía oraba con más fervor y su sudor vino a ser como gotas de sangre que caían sobre la tierra" (Lc). Todo el cuerpo está empapado en ese extraño sudor de sangre. La angustia del alma llega ser terror; pero no le vence, no desiste Jesús de su empeño de entregarse. Quiere la voluntad del Padre, que es la suya, no la del cuerpo que se resiste, lleno de pavor.

Los discípulos se duermen

En este estado busca consuelo en los suyos. "Volvió junto a sus discípulos y los encontró dormidos; entonces dijo a Pedro: ¿Ni siquiera habéis sido capaces de velar una hora conmigo?" Es un queja para los que no han sabido estar a la altura de las circunstancias. Se excusan por el cansancio, pero es un sueño extraño, su causa es "la tristeza" (Lc), es como una evasión cuando los enemigos de Jesús bullen aquella noche sin ceder a sueños ni descansos. Pero de nuevo Jesús se rehace y se vuelca en aquellos que no saben, ni pueden, hacer más. Y les dice: "Velad y orad para no caer en tentación: pues el espíritu está pronto, pero la carne es débil"(Mt). El sueño de los discípulos tiene también una causa infranatural; es el diablo, que envuelve en su tiniebla las mentes y los espíritus de todos. Jesús no lucha sólo contra su debilidad, sino contra el príncipe de las tinieblas que está desplegando todo su poder; y ellos, sus seguidores, sin oración no son nada. La oración será la fuerza para vencer cualquier dificultad; al mismo diablo con todo su extraño poder.





Hágase Tu voluntad

Ya muy entrada la noche Cristo se retira durante un tiempo largo, y se repite la oración, la agonía que no puede superar a pesar del consuelo del ángel. Y "de nuevo se apartó por segunda vez y oró diciendo: Padre mío, si no es posible que esto pase sin que yo lo beba, hágase tu voluntad. Volvió otra vez y los encontró dormidos, pues sus ojos estaban cargados de sueño. Y dejándolos, se apartó una vez más, y oró por tercera vez repitiendo las mismas palabras" (Mt). La insistencia es amor que no cede; es una verdadera pasión en el alma, y también en el cuerpo. Parece un desecho de los hombres, está humillado y parece derrotado; supera una y otra vez la tentación y la oración -vida de su vida- se hace más intensa.


Oración en el Huerto de Montesión (Sevilla)


Jesús suda sangre

"Finalmente va junto a sus discípulos y les dice: Dormid ya y descansad; mirad, ha llegado la hora, y el Hijo del Hombre va a ser entregado en manos de los pecadores. Levantaos, vamos; ya llega el que me va a entregar"(Mt). Se levanta, por fin, el Señor. Se limpia el rostro con el paño para cubrir la cabeza que queda empapado en sangre lo deja en el suelo doblado. Se adereza el aspecto. Va donde se encuentran Juan, Pedro y Santiago, después se dirigen donde duermen los otros ocho. Se despiertan también con excusas, están confusos.


Reflejo de la Hematidrosis en una obra de Juan Manuel Miñarro



"Aparta de mí esta copa"

El acto de obediencia que el Hijo del Hombre se disponía a llevar a cabo, tendría un sabor inconmensurablemente amargo. Tenía el sabor de la muerte. El autor de Hebreos dice que él "gustó la muerte por todos" (He 2:9). Además, el Antiguo Testamento se había referido con frecuencia a esta "copa", que estaba reservada para los malos (Sal 11:6), y que contenía la indignación divina contra los impíos (Sal 75:8), su ira (Is 51:17) y su furor (Jer 25:15).

La muerte que él gustó no sólo tuvo que ver con experimentar la separación del alma del cuerpo, sino el abandono del Dios de justicia por haberse identificado con el pecado del mundo.

Es inimaginable, por lo tanto, que la Santidad encarnada pudiera recibir con agrado el pecado representado en esa copa, de ahí su petición: "aparta de mí esta copa". Pero por otro lado, dejaba también constancia de su absoluta devoción y amor a su Padre: "mas no lo que yo quiero, sino lo que tú".

No había ningún conflicto entre la voluntad del Padre y la del Hijo. El Hombre perfecto era también el Siervo obediente en todo, y aunque todo su santo Ser se alzase en contra de la perspectiva de la cruz, y su cuerpo sudase sangre en su agonía, él nunca dejaría de decir: "mas no lo que yo quiero, sino lo que tú". No podemos imaginar un grado de perfección más alto que el que aquí se nos presenta.



Oración en el Huerto de El Greco



EL ANGEL CONFORTADOR O DE LA CONSOLACIÓN:

Por medio de la triple oración de su agonía Jesús quiso manifestar, con su tristeza de muerte delante del pecado del mundo, la víspera del viernes, antes del comienzo de su pasión externa, la disposición santísima de esta humanidad, su ofrenda como víctima (verbalizada ya en la cena) por los pecadores. Aunque experimentaba un horror natural respecto de los sufrimientos, los suplicios y de una muerte sangrienta, se ofrecía en un acto de libre y voluntaria obediencia a la voluntad salvífica del Padre para consumar la obra de la Redención. Fue en ese momento que – según el Evangelio Según San Lucas – el Ángel Consolador se apareció a Jesús para fortalecerlo (22, 43). Proponiéndole consideraciones que podían aminorare su tristeza y fortalecer las potencias inferiores de su alma, el Ángel, observa Suárez, no enseñó a Cristo como un maestro que ilumina a un discípulo. Cristo no ignoraba los pensamientos propuestos por el Ángel, pero su razón superior los tomaba en consideración sin permitir a sus potencias inferiores recibir consolación alguna; el Ángel se le apareció de un manera sensible, humana, y le habló exteriormente.

Cristo quiso recibir este consuelo como un don del Padre, lo recibió con gratitud, respecto y humildad.


Ángel del misterio de Salzillo en la semana santa murciana



Este consuelo no tenía por única finalidad o por efecto dispensarlo de sufrir por la salvación del mundo, sino, por el contrario, de ayudarlo. Bien lo muestra el Evangelio de Lucas, según el cual la aparición consoladora es seguida por la “agonía” una oración más intensa y por el sudor de sangre. Más profundamente, este consuelo no significaba que Cristo hubiese tenido necesidad del auxilio angélico – el Creador de los Ángeles podía hacer descender del cielo doce legiones de Ángeles (Mt. 26, 53) sino que le pareció necesario ser fortificado con miras a nuestra consolación, de la misma manera que estuvo triste por nuestra causa – propter nos tristis, propter nos confortatus - dice Beda el Venerable, seguido por San Buenaventura. Al aceptar este consuelo por nosotros, y en nuestro nombre, Jesús mostraba la realidad de su humanidad  y de la debilidad humana que le reconocía la Epístola a los Hebreos. En la aceptación, por nosotros y a favor nuestro, del consuelo angélico, Jesús significaba anticipadamente  que aceptaría para consolarnos nuestros consuelos. No sólo nos hacía merecedores de poderlo consolar sino, también por generosidad respecto de nosotros, hacer de nosotros sus consoladores para consolarnos en nuestros momentos de desolación.

Al orar por sí mismo, Jesús agonizante manifestaba la voluntad salvífica del Padre respecto de nosotros. “No mi voluntad, mi voluntad espontánea de no morir sino tu voluntad sobre mi voluntad por la salvación del mundo”. Podemos decir, pues, con Santo Tomás de Aquino que su oración por sí mismo era también oración por los otros; y el santo agrega: “todo hombre que pide a Dios un bien para emplearlo en beneficio de los otros no oran sólo por sí mismos, sino también por los demás”. La voluntad de Cristo de ser consolado es por tanto, voluntad consoladora, lejos de ser signo de egoísmo. Con  el fin de consolarnos en Él, quiere ser consolado por nosotros. Para fortalecernos quiso ser fortalecido por un Ángel.



 Misterio  de la Oración en el Huerto de Bailén  
(realizado por D, José Miguel Tirao Carpio en 2013)




ORACIÓN A JESÚS EN SU AGONÍA


¡Oh Divino Redentor mío!, Jesús, te suplico que junto con tus tres amados apóstoles me lleves también a mí para asistir a tu agonía en el Huerto de los Olivos. Prevenido por el dulce reproche que le hiciste a Pedro y a los otros dos apóstoles que se encontraban durmiendo, yo quiero velar por lo menos una hora contigo en este huerto de Getsemaní, quiero sentir por lo menos una herida de tu Corazón agonizante, uno de los alientos de tu respiro afanoso.

¡Quiero fijar mi mirada sobre tu divino rostro y contemplar cómo empalidece, cómo se turba, cómo se angustia, cómo se encorva hasta la tierra!

Ya veo, oh penante Jesús mío, cómo tu divina persona vacila y cae, cómo tus manos entumecidas se unen. ¡Comienzo a oír tus gemidos, tus gritos de amor y de incomprensible dolor que elevas al cielo!

 ¡Oh Jesús mío, agonizante en este lúgubre huerto de Getsemaní, haz correr en mí, en esta hora en que te acompañaré, un río, unas gotas de tu adorabilísima sangre que ya de todos tus adorables miembros estás sudando como a torrentes!

¡Oh baño preciosísimo de mi Sumo Bien que por mí agoniza, ah, haz que yo te beba hasta la última gota, que contigo beba al menos un sorbo del amargo cáliz de mi amadísimo Jesús, y que sienta dentro de mí las penas de su Divino Corazón; es más, haz que sienta que se me rompe el corazón por el arrepentimiento de haber ofendido a mi Señor, que por mí se encuentra reducido a una agonía mortal!

¡Ah, Jesús mío, dame la gracia, ayúdame para poder penar, suspirar y llorar junto contigo, por lo menos una sola hora en el Huerto de los Olivos!
¡Oh Madre Dolorosa, haz que yo sienta la compasión de tu Corazón traspasado por la agonía de Jesús en este huerto!

Así sea.



Fachada principal de la Capilla de Monte-Sión, Plaza de Montesión Sevilla.


jueves, 14 de noviembre de 2013

LA DIRECCIÓN ESPIRITUAL EN LAS COFRADÍAS


 








Siguiendo las palabras del Papa Benedicto XVI, se podría decir que los cofrades deben abrirse, bajo la guía del pastoreo de los consiliarios, a la amistad plena con Cristo que les lleve a una fe adulta. Amistad que nos abre a todo lo que es bueno y nos da el criterio para discernir entre lo verdadero y lo falso, entre el engaño y la verdad.

A menudo obviamos el papel fundamental que desempeña la Dirección Espiritual o Consiliario de una grupo de fieles o cofradía, y nos alejamos de su necesaria intervención para canalizar algunos de su objetivos. En Don Benito encontramos claros ejemplos de ello, en Hermandades que no toman en consideración sus opiniones, o bien en otras que no cuentan con el respaldo o beneplácito de sus pastores para llevar a cabo el cumplimiento de sus fines, es decir, unos por que no quieren oír y otros porque no son oídos; unos porque son gustosos del mundo cofrade y tratan de incentivarlo, y otros por que no es "santo de su devoción", y les abandonan a su suerte…

Un Consiliario es un servidor de la fe del grupo de creyentes que, asociados en hermandad canónicamente reconocida, se proponen una serie de fines religiosos, expresados en los estatutos, orientados al culto público de sus titulares y a la mutua ayuda en la vida cristiana, circunstancia ésta que debe servir para que los fieles se abran progresivamente al misterio de Dios y de la Iglesia en toda su profundidad.

Los aspectos que encierra la definición de consiliario podemos agruparlos en cuatro apartados:

1. El papel de consiliario solo puede desempeñarlo un presbítero designado por el Sr. Obispo al que se le encomienda el cuidado especial de una porción del Pueblo de Dios, surgida de modo asociativo, normalmente en el marco de la vida cristiana de una Parroquia, ermita o santuario. Con ello se garantiza la eclesialidad plena de la hermandad.

2.  Lo normal es que el cargo de consiliario sea ejercido por el Párroco o algún vicario parroquial de la Parroquia en la que la hermandad está constituida canónicamente. Por tanto, la hermandad no es una asociación que pueda ir por libre, sino que ha de estar en comunión con la Iglesia Local o Particular (la Diócesis).

3.  El consiliario debe velar y garantizar la eclesialidad plena de la hermandad y de todos sus miembros mediante el desempeño de sus funciones propias relativas a la predicación con autoridad de la Palabra de Dios, el servicio de los sacramentos y de la Eucaristía en particular, amén de participar en la Junta de Gobierno a la que pertenece por derecho propio.

4. Por último, debe integrar a la Hermandad en los organismos pastorales pertinentes de la vida de la Parroquia en la que está radicada canónicamente.




El paso previo para que lo señalado en los puntos anteriores se lleve a cabo es que debe existir un aprecio mutuo por ambas partas, que se esté por encima o más allá de nuestras simpatías personales o manifiestas antipatías. Se trata de un aprecio que va, en la parte de los fieles hacia el consiliario, no tanto por quién es, sino por lo que es. Por su parte, el consiliario deberá saber distinguir lo que son sus apreciaciones personales sobre otros aspectos, de lo que es doctrina común en la Iglesia respecto a la piedad popular, debidamente establecidos por la Delegación Episcopal de la Liturgia en la Diócesis

En definitiva, el papel del consiliario es de vital importancia en las hermandades, pues sus miembros necesitan de la buena orientación catequética, litúrgica y pastoral de quien hace las veces del Buen Pastor en medio de esa ovejas que somos todos con respecto a Cristo en el Pueblo de Dios: la Iglesia. Por tanto, el consiliario ante todo ha de ser un creyente entre los creyentes.

En este sentido, conviene subrayar las palabras de Juan Pablo II, para quien “uno de los retos más serios que nuestras Iglesias han de afrontar ... consiste no tanto en bautizar a los nuevos convertidos, sino en guiar a los bautizados a convertirse a Cristo y a su Evangelio”. Por ello, será muy conveniente que la insistencia tanto del Consiliario como de la Junta de Gobierno de las Hermandades vayan en la línea de potenciar la real integración de la vida cofrade en la dinámica pastoral de la Parroquia a la que pertenece.



Para terminar, citar algunas de las responsabilidades que deben tener en cuenta los consiliarios:

- Estar presentes de manera habitual en las reuniones de Junta de Gobierno y Asambleas Generales de la Hermandad, ofreciéndoles una orientación doctrinal y pastoral adecuada al momento de la vida de la Iglesia.

- Orientar el ejercicio de la caridad que realizan las hermandades, conforme a lo establecido en los estatutos de las mismas así como informar de las urgencias de caridad que desde Cáritas se produzcan.

- Ha de ser un intermediario ante el Sr. Obispo de la idoneidad de los candidatos a ser miembros de la hermandad y en particular a los elegidos para cargos directivos, que deberán llevar una vida cristina públicamente reconocida y avalada por el consiliario.

- Aunque resulte evidente, corresponde al consiliario acompañar y presidir las manifestaciones religiosas públicas que pueda organizar la hermandad con su consentimiento.

- Por último, procurará no ser absorbido de manera exclusiva por la vida cofrade de una hermandad, en detrimento del resto de las obligaciones pastorales que tiene encomendadas como pastor de la Iglesia.

LA IMPORTANTE FUNCIÓN DE LA DIRECCIÓN ESPIRITUAL

“La vida espiritual, como trabajo privilegiado de la gracia, es algo sumamente original y siempre nuevo en la creación, donde Dios no se repite nunca”.

Deseamos ser eficaces como directores espirituales y es a través de la dirección espiritual donde podemos acompañar y llevar al seglar por el camino que el Señor amorosamente lo ha llamado. Para lograrlo, junto con la gracia divina como punto de partida y elemento esencial de santificación, hay que aplicar un método. Este método incluye los siguientes elementos:

-1.- Saber acoger

Saber acoger significa crear un ambiente de confianza en el orientado por el modo de tratarlo: con amabilidad, con respeto, dándole su lugar. El aspecto humano cuenta mucho (afabilidad, rostro alegre y amable) y favorece la confianza. El primer contacto es decisivo, quien desde el primer momento se sienta atendido, en un clima de apertura, confianza y serenidad.



 


-2.- Saber escuchar

Es algo sumamente costoso, ya que en el papel de director, cuando se intuye lo que quiere decir la persona inmediatamente formulamos los buenos “consejos” que debemos decir. ¡No! Hay que dejar hablar, que se expresen, que abran su espíritu y sobre todo propiciar esta apertura y desahogo con nuestro interés sincero.

Saber escuchar significa no sólo oírles, sino también

a) Favorecer la apertura.
Casi lo único que requiere el individuo, en relación con su vida interior, es que se le permita hablar. A veces las personas y especialmente los jóvenes presentan situaciones personales que a simple vista parecen irrelevantes. Tiene sin embargo su trasfondo. Si dejamos hablar e incluso preguntar ¿algo más?, casi siempre las personas con problemas explotan, pero luego se serena. El verdadero formador, el verdadero director espiritual, por su carácter sacerdotal, religioso, carisma y por los ingredientes de bondad, paciencia y generosidad, debe lograr esta apertura en las almas.

b) Prestar interés y escuchar con paciencia. Escuchar no es sólo guardar silencio, es sobre todo prestar interés y atención a lo que el orientado está tratando. Cualquier otro compromiso o interrupción en ese momento, es menos importante. ¡Qué gran necesidad tienen los seglares de ser escuchados!

-3.- Saber comprender


Que es meterse de lleno en la situación, circunstancias y problemática del dirigido pero desde su realidad. Comprender no significa, por supuesto, estar de acuerdo con sus defectos y malos comportamientos. Comprender significa captar todas las implicaciones intrínsecas de sus dificultades o comportamientos, es decir llegar a las causas. Hay que ir hasta el fondo para dar a cada quien la medida exacta que necesita.

En una ocasión preguntaba Chesterton:

- ¿Qué necesitas para enseñar a Pedro matemáticas?

- Saber matemáticas, respondieron.

- No, Conocer a Pedro, replicó Chesterton.

Por lo tanto conocer para comprender. Basta ver el ejemplo de Jesucristo. El Buen Pastor. ¡Cómo conoce a sus apóstoles! Sus ovejas a su vez, también le conocen a Él y siguen su voz.

 

Hay tres personajes en la dirección espiritual: el dirigido, el director espiritual y el Espíritu Santo.



Es importante tener claro, ante esta corriente liberal que quiere suplir la dirección espiritual por asesoría o consejo solamente, que la dirección espiritual se trata de la sumisión del dirigido y del director a la acción del Espíritu Santo, para descubrir juntos el plan de Dios y recibir la luz y la fortaleza para realizarlo.
El director espiritual no da consulta psicológica, no es un impositivo, pero tampoco es un espectador; actúa, pero guiado por el Espíritu Santo. A su vez el dirigido va a exponer su vida a la luz de Dios para que sea está quien dirija.


2. Tres características escalonadas de la dirección espiritual: dirigir, motivar y exigir


Dirigir: Se trata de conducir a cada alma al plan de Dios sobre su vida. Significa, por tanto encauzar todo el potencial, todos los talentos, todas las energías espirituales, humanas y afectivas de la persona para realizar ese plan. Lograr que un alma ponga a Dios en el primer lugar e su vida implica remover muchos obstáculos y segundo encauzar la riqueza personal a ideales altos y nobles.

Motivar: las personas siempre se guían por motivos y no por sentimientos. Dar razones y no sólo mover los sentimientos, porque lo primero es estable y lo segundo pasajero. Los motivos variarán en su presentación y profundidad según la edad, la psicología de cada persona, pero siempre deberá ser Cristo, el amor a la Iglesia, la salvación del alma, el plan de Dios sobre la propia vida, encauzarlos a grandes ideales. Cuando los dirigidos están convencidos de lo que deben realizar y del porqué lo deben realizar las decisiones que tomen en la vida serán profundas y duraderas.

Exigir: no significa regañar o tratar con dureza, de este modo un director espiritual no adelanta nada, e incluso puede ser contraproducente, sobre todo si no hay motivos de fondo en los que se apoye su exigencia. Exigir presupone que se ha dirigido con un plan concreto de santificación y se ha dado motivos profundos para realizarlo.

Exigir quiere decir dar formar, dar la respuesta adecuada y la solución precisa a sus inquietudes, problemas, necesidades. No dar respuestas prefabricas. Exigir no es dar un consejo maravilloso o sorprendente. Tampoco es tratar a todos con la misma medida, por ello es importante tratar de conocer a cada alma que dirigimos. Conocer para detectar la problemática de fondo, analizar las causas profundas. Hasta que no se llega a las causas profundas, todo será un barniz, de diversas capas. Si tocamos fondo con el dirigido entonces comenzamos a exigir.

Y cuando se ha tocado fondo, el siguiente paso es la exigencia consistirá en ir dosificándola. No se puede exigir todo de golpe, debe ser algo progresivo. En resumen: que mi dirección o respuesta no sólo satisfaga, sino comprometa de una manera profunda y progresiva.

Saber exigir, he ahí el gran secreto para lograr entregas generosas. No debemos tener miedo ya que lo mejor que podemos querer para una persona, como directores espirituales, es que alcance su plenitud vocacional, la realización completa del plan de Dios sobre su vida.

La dirección espiritual tiene muy poco de espectacular y sí exige mucho esfuerzo. Con frecuencia se hace agotadora e ingrata porque no se palpan inmediatamente los frutos. No hay que desanimarse. A veces se advierten los milagros descarados de la gracia de Dios, pero generalmente se requiere de mucha confianza en Dios. El labrador, labra, no mira atrás a ver si la semilla recién sembrada está ya creciendo. Sabe esperar, sabe tener paciencia.

Como segunda parte de nuestro tema trataremos el desarrollo normal de una dirección espiritual. Nos apoya el texto del padre Luis Maria Mendizaval S.J.







3. Desarrollo normal de una dirección espiritual

Periodicidad


A los principios de una vida fervorosa, parece conveniente que la dirección espiritual tenga una frecuencia semanal o quincenal; frecuencia que progresivamente irá disminuyendo en proporción al avance en la vida espiritual.


En ese período inicial suele ser conveniente fijar el día y hora de la siguiente entrevista, y, a las veces, urgir al dirigido, llamándole si es preciso, porque no raras veces suelen aparecer timideces e inhibiciones. Con los que ya van madurando espiritualmente, no conviene ya tratar en tiempos tan concretos, porque generalmente las cosas proceden normalmente y con prontitud de espíritu, hallándose como se hallan en un período de plena aplicación y progreso tranquilo. Sólo en el caso de que apareciera una crisis de debilitación o de crecimiento, habrá que establecer contactos más frecuentes y concertados a medida de la necesidad.

Hay que cuidar también que la entrevista misma no quede encanalada sistemáticamente en un horario restringido, oprimiendo con la impresión de prisa y mecanización, porque es importante que se desenvuelva en atmósfera de espiritual espontaneidad. Esta espontaneidad se desvanece cuando la persona se siente «número» o puro cliente. Como se pierde también con la impresión agobiadora de la prisa. Con todo, cada entrevista conviene que sea breve cuando el dirigido procede normalmente sin problemas especiales. Cuando haya problemas, se proporcionará a la exigencia del problema mismo.

 



Comienzo de la dirección

De ordinario, la dirección espiritual no suele empezar por una proposición formal de ser dirigido, sino por la presentación de algún problema concreto personal de espíritu. Es el camino que hay que aconsejar normalmente a quien busca director: que no pida desde el principio dirección habitual, sino que lo tantee a través de algunos planteamientos concretos para ver si le da garantías de una posible buena dirección. Lo cual sucederá si desde las primeras respuestas intuye la competencia del director, que se manifiesta en la inteligencia y solución de su caso, aun cuando el problema no se haya tocado todavía en toda su profundidad.

Cuando se comienza formalmente una dirección seria, hay que conocer con atención el estado espiritual del dirigido. El modo de proceder será distinto si se trata de un comienzo absoluto de dirección espiritual en quien hasta ahora nunca la había tenido, o si se trata de quien ha tenido ya dirección y ahora comienza su relación directiva con este director concreto.

En el primer caso, de comienzo absoluto de dirección, hay que hacerse cargo de la vida espiritual que hasta el momento ha llevado, aunque sea de manera rudimentaria. Porque, sin duda, tenía alguna vida espiritual, aunque tenue. Para ello le ayudará a hacer una especie de confesión ascética a base de un examen espiritual de sus antecedentes. Porque cuanto mejor conozca sus cosas interiores y exteriores, con tanto mayor amor y solicitud le podrá ayudar.

Si se trata del comienzo de la dirección de una persona que ya antes ha tenido director, no conviene, normalmente, volver a mirar sistemáticamente hacia atrás. La que hemos llamado confesión ascética no se debe repetir en cada cambio de director, a no ser que haya alguna razón concreta poderosa. El nuevo director no tiene que comenzar desde el principio, como si no valiera nada cuanto hasta el momento se ha hecho, sino que tiene que tomar a la persona tal como se encuentra en el momento actual. El inquirir demasiado en las cosas pasadas sería signo de falta de aptitud en el director. Debe considerarlas como secreto entre Dios y el hombre, que el mismo Dios no, quiere que se manifiesten sin causa razonable y proporcionada. En estos casos, el director debe reconocer el estado actual de espíritu y entenderlo, a fin de poder colaborar a la continuación de cuanto Dios ha obrado en el dirigido a través de la acción de sus predecesores”.

 






Esta primera inspección de la conciencia debe estar esencialmente ordenada al bien del dirigido, en orden a continuar su evolución espiritual propia. La vida espiritual, como trabajo privilegiado de la gracia, es algo sumamente original y siempre nuevo en la creación, donde Dios no se repite nunca. De esta primera manifestación debe sacar el director el conocimiento de las relaciones actuales de intimidad entre Dios y el nuevo dirigido y comunicarle a éste un sentido de confianza en los caminos del Señor.

Al término de ella podrá, quizás, ser oportuno prevenirle sobre la impresión que puede seguirse en él a esta manifestación de su conciencia, como de cierto despecho por haberse abierto en su interior a otro; y sugerirle que no tenga dificultad en contar luego los sentimientos de antipatía que con esta ocasión hayan brotado en él, para superarlo más fácilmente.


Y ¿qué decir de una confesión general sacramental? El director, al comienzo de la dirección, no exija confesión general ni la admita, a no ser que el dirigido mismo se la pida con motivo razonable. Si se trata de la primera dirección que este dirigido tiene, es bueno que después de algún tiempo haga tal confesión general. Pero, si ya la ha hecho otra vez, normalmente no hay que repetirla.






Observaciones para las primeras direcciones espirituales

Hay que comenzar a trabajar desde el principio. Ante todo, hay que procurar crear un ambiente de confianza, para evitar inhibiciones.
Superar cuanto pueda parecer artificial, demasiado formulista, para llegar a un auténtico contacto personal con acogida cordial.






 


Guárdese el director de pronunciar juicios definitivos a raíz de las primeras entrevistas y evite incluso dar la impresión de que se los ha formado interiormente. Igualmente, evite la tentación de clasificar al dirigido en las fichas de determinada categoría psicológica o espiritual. Sería fatal para el proceso ulterior de dirección. Desconfíe de las primeras impresiones. En la dirección se encuentra uno con grandes sorpresas por la excesiva precipitación con que se ha juzgado inicialmente. El daño mayor suele consistir en que uno se forma una idea desde el principio, y ya contempla desde ella cuantos datos se van acumulando, prejuzgándolos partidistamente desde su postura ya tomada y deformando totalmente su visión de los hechos y de la persona. El director debe estar libre de esquemas prejudiciales.

Desde el principio debe colocarse y actuar en plena luz evangélica; no como psicólogo, o doctor, o humanista, o teólogo, o persona culta, sino claramente como un director espiritual. Ni siquiera como amigo natural. En consecuencia, exprese desde el principio enjuiciamientos evangélicos de las situaciones concretas.

Muestre desde las primeras entrevistas una confianza plena en la sincera voluntad del dirigido, como la manifestó Cristo en el caso de Natanael: «Mira un israelita verdaderamente sin dolo» (Jn 1,47). Si al principio se admite o se deja transparentar la menor desconfianza, se acabó la dirección. Esté convencido el director de que, si hay cosas no totalmente perfectas, hay, sin embargo, muchas buenas.

Patentice su fe cierta en la victoria de Dios, que está ya en acción por la presencia de su fervor en el dirigido. Muestre su convencimiento de la acción de la gracia en su buena voluntad y en sus deseos, que él debe fomentar y cuidar. La fuerza de este convencimiento es enorme, porque, si el dirigido se siente acogido y juzgado con benignidad, se expresará con más facilidad.

Deje ver también, por los medios oportunos, la estima que tiene del dirigido. Cada persona, incluso cuando aparece orgullosa, agitada, en postura crítica ante todo, etc., en el fondo solitario de sí misma tiene un juicio muy desfavorable de sí y sufre de pusilanimidad. Conoce algo de sí mismo y de las propias debilidades. En el fondo tiene la impresión de que, si le conocieran como es en su interior, le menospreciarían. En la entrevista espiritual, manifestando su conciencia, este hombre ha hecho un esfuerzo y empieza a revelar su interior; cómo él se ve a la luz de Dios. Lo hace, naturalmente, con cierto temor, porque ha llegado el momento de pasar la prueba: va a haber una persona que conocerá sus debilidades, su realidad interior; que le juzgará como intérprete del Señor, a la luz de Dios. Es, pues, importante el reflejar sinceramente el juicio alentador y favorable de Dios mostrando la estima auténtica que esa persona sigue mereciendo. Cuando, después de una manifestación de debilidades que parecían humillantes, entiende que el director le estima verdadera y sinceramente, esto le abre enormemente el corazón y la esperanza.


 




 Pero ha de ser una estima auténtica, no fingida. Y una estima espiritual en el campo mismo de la manifestación hecha. Se entiende que desde el principio es una estima verdadera porque llega a la bondad escondida, porque detrás de todo aquello descubre una riqueza de bondad por razón de la gracia y dones de Dios, que están actuando en medio de las miserias y limitaciones humanas. Es conducido por el Espíritu Santo con un sentido de docilidad al director espiritual para ser ayudado. Esta disponibilidad es expresión delicada de la fe, que obra por la caridad. Le da al dirigido un valor transcendente ante los ojos de Dios, aun cuando la perla preciosa está cubierta de desórdenes, ignorancias e ilusiones. Por tanto, es una estima que no hincha: visión espiritual positiva de su espíritu. Llegará el momento de insistir; con la luz conveniente, en los impedimentos de ese espíritu.

Esa estima hay que mostrarla más con una sugerencia apta que de manera explícita. No hay que caer en el vicio de la adulación, alabando desordenadamente.

Una última observación psicológica acerca de la postura en este momento de la dirección. El director debe evitar absolutamente el comenzar ponderando y alabando las cualidades exteriores y humanas del dirigido según esas cualidades son comúnmente reconocidas y admiradas socialmente. Porque muchas veces ahí precisamente está el conflicto de esa persona: bajo brillantes éxitos exteriores, esconde heridas espirituales humillantes. La alabanza inicial del director puede hacer más difícil y hasta psicológicamente imposible la ulterior manifestación de sus debilidades. En cambio, más adelante podrá mostrar la estima que, bajo la luz evangélica, le merecen esas cualidades, como del resto de toda su persona.



 

jueves, 7 de noviembre de 2013

LA ULTIMA PURIFICACIÓN DEL ALMA: EL PURGATORIO





Hemos celebrado Santos y Difuntos, pero no podemos dejar de acordarnos de aquellos que están en el último peldaño de acceso a la Gloria, limpiando sus almas para llegar inmaculados al Reino de los Cielos...

El Purgatorio, en la teología católica y la copta, es un estado transitorio de purificación y expiación donde, después de la muerte, las personas que han muerto sin pecado mortal pero que han cometido pecados leves no perdonados o graves ya perdonados en vida pero sin satisfacción penitencial de parte del creyente, tienen que purificarse de esas manchas a causa de la pena temporal contraída para poder acceder a la visión beatífica de Dios.

Debido a que todo aquel que entra en el Purgatorio terminará entrando al Cielo tarde o temprano, el purgatorio no es una forma de infierno. Las plegarias a Dios por los muertos, la celebración de eucaristías y las indulgencias pueden acortar la estadía de una o varias almas que estén en dicho estado.

El tipo de penas que se padecen son equivalentes a las del infierno, en el sentido que se siente la lejanía de Dios, pero no son eternas y purifican porque la persona no está empedernida en una opción por el mal. Por eso el Purgatorio es la purificación final de los elegidos, la última etapa de la santificación.



EL PURGATORIO EN LA BIBLIA



La Iglesia Copta Ortodoxa cree que las almas, después de la muerte, esperan el Juicio Final, en un lugar que no es el Paraíso ni tampoco el Hades. La Iglesia Católica recuerda las palabras de Jesucristo referidas en Lucas 12:58-59: “Cuando vas con tu adversario a presentarte ante el magistrado, trata de llegar a un acuerdo con él en el camino, no sea que el adversario te lleve ante el juez, y el juez te entregue al guardia, y este te ponga en la cárcel. 


Te aseguro que no saldrás de allí hasta que hayas pagado el último centavo».” Se argumenta que si del infierno no se puede salir, debe existir un lugar donde se cancele esa deuda, pues además, hablando de la “Jerusalén Celestial”, el libro Apocalipsis dice: “Nada manchado entrará en ella” (Ap. 21, 27). Luego, con la parábola del funcionario que no quiso perdonar, en Mateo 18:21-35, Jesús compara el Reino de los Cielos con alguien que pide perdón pero niega hacerlo; aun así advierte que el hombre puede cumplir su deuda: “Y tanto se enojó el señor, que lo puso en manos de los verdugos hasta que pagara toda la deuda. Y Jesús añadió: «Lo mismo hará mi Padre Celestial con ustedes, a no ser que cada uno perdone de corazón a su hermano»”(Mateo 18:34-35). Cabe recordar incluso que Jesucristo enseñó a orar poniendo la condición de ser perdonados, perdonando: “…y perdona nuestras deudas, como también nosotros perdonamos a nuestros deudores;” (Mateo 6:12). Así, como en el Cielo no hay “verdugos” que cobren la deuda, el catolicismo concibe un lugar intermedio donde los salvados purifiquen las deudas pendientes.


Hay además algunos teólogos y místicos que señalan que el purgatorio se vive aquí en la tierra, siendo experimentada la purificación después de la muerte mientras que se vaga como alma en pena. Los vivos no podrían ver a las almas en pena salvo algunas excepciones. En este sentido, alma en pena pareciera corresponder al concepto de fantasma. Al respecto, el Apocalipsis anuncia: “El Anciano me replicó: «Esos son los que vienen de la gran tribulación; han lavado y blanqueado sus vestiduras con la sangre del Cordero.»” (Apocalipsis 7:14).



 

El purgatorio en el Antiguo Testamento


El Antiguo Testamento se refiere al concepto en el libro segundo de los Macabeos (12:45): “Pero él presumía que una hermosa recompensa espera a los creyentes que se acuestan en la muerte, de ahí que su inquietud fuera santa y de acuerdo con la fe. Mandó pues ofrecer ese sacrificio de expiación por los muertos para que quedaran libres de sus pecados”.

Este libro -como el resto de los Deuterocanónicos- no es aceptado por los protestantes.

 

Perspectiva copta y católica


La Iglesia Copta también arguye los capítulos 6 a 36 del libro de Enoc donde se describe con detalle el purgatorio.

Entre los lugares del Antiguo Testamento protestante que la Iglesia Copta y la Iglesia Católica interpretan como relacionados con la expiación tras la muerte en un purgatorio, están:


Muchos serán purificados, emblanquecidos y refinados; los impíos procederán impíamente, y ninguno de los impíos comprenderá, pero los entendidos comprenderán.


Daniel 12,10

A este tercio lo meteré en el fuego, lo fundiré como se funde la plata, lo probaré como se prueba el oro. Él invocará mi nombre, y yo lo oiré. Yo diré: 'Pueblo mío'. Él dirá: 'Yahveh es mi Dios'.
Libro de Zacarías 13,9

Desde la perspectiva católica y copta, se piensa que los pasajes anteriores dan a entender que en el "otro mundo" las almas podrán ser purificadas (limpiadas) de la mancha de ciertos pecados, ya perdonados en cuanto a culpa; ese otro mundo no puede ser el infierno, pues en él ya se está condenado; tampoco el cielo pues nada que tenga mancha entrará ahí, por lo que este lugar debe ser un estado temporal.

La Iglesia católica nunca ha enseñado que en el purgatorio se perdonen pecados mortales, sino solo veniales que no mudan al creyente del estado de gracia habitual o santificante, necesaria para salvarse. Pero principalmente se enseña que en el purgatorio se realiza la purificación de las reliquias del pecado.


 

 

Perspectiva protestante

 

Según la perspectiva protestante no hay purgatorio ni perdón de pecados después de la muerte, sino que sólo hay dos estados posibles para el alma después de la separación del alma y el cuerpo: el Cielo para aquellos que tuvieron en vida fe en el perdón total de los pecados a través del sacrificio de Cristo, y el infierno para los que no tuvieron fe o la perdieron durante las pruebas de la vida.

Desde esta misma perspectiva, no hay pasajes bíblicos que puedan ser interpretados como la existencia de un estado intermedio entre el cielo y el infierno, tal como el purgatorio.

La Biblia dice en Hebreos 9:27 : "Y de la manera que está establecido para los hombres que mueran una sola vez, y después de esto el juicio" indicaría, según el protestantismo, que una vez que una persona muera, inmediatamente irá al cielo o al infierno.

Otra cita del Nuevo Testamento con que católicos y coptos explican la existencia del purgatorio es Mateo 12, 31-32:

A cualquiera que pronuncie alguna palabra contra el Hijo del hombre se le perdonará, pero el que hable contra el Espíritu Santo no tendrá perdón ni en este mundo ni en el venidero

Sin embargo, en el protestantismo esto se interpreta como un énfasis de Jesús en que no habrá perdón, no que existen pecados que después de muerto van a ser limpiados.
De acuerdo con el pensamiento protestante, la idea de purgatorio anula y sustituye el sacrificio de Cristo, que es completo y eterno. Jesús, como Dios Salvador, realizó una obra de redención y remisión de pecados completa a través de su sacrificio en la cruz.

 

 

Perspectiva Ortodoxa

 

Según la doctrina de la Iglesia ortodoxa, mientras que en estos últimos siglos algunos niegan el purgatorio o parece que dudan acerca de él, muchos de los que lo admiten dicen que las almas son purificadas y que por tanto son liberadas por los sufragios de los fieles, no mediante penas purificadoras, o por lo menos que estas penas no son suficientes sin los sufragios en favor de los difuntos.



EL PURGATORIO EN EL MAGISTERIO DE LA IGLESIA CATÓLICA



La doctrina del Purgatorio ha sido una enseñanza constante del Magisterio de la Iglesia.2 Además de la Biblia, la Iglesia se apoya en la tradición apostólica para definir una doctrina. En el caso del Purgatorio, el Catecismo cita a san Gregorio Magno y a san Juan Crisóstomo. Pero hay muchas citas sobre el purgatorio en los llamados Padres de la Iglesia, tales como San Gregorio Magno (540–604),3 San Cesáreo de Arlés (470–543),4 Tertuliano (155-230),5 San Cipriano de Cartago (¿200?-258),6 San Agustín de Hipona (354-430),7 entre otros.



El Catecismo de la Iglesia Católica se refiere al Purgatorio o purificación final en los siguintes términos:


Los que mueren en la gracia y la amistad de Dios, pero imperfectamente purificados, aunque están seguros de su salvación eterna, sufren una purificación después de su muerte a fin de obtener la santidad necesaria para entrar en el gozo de Dios.
   
 Catecismo de la Iglesia Católica, 1054.


La Iglesia ha formulado la doctrina de la fe relativa al Purgatorio sobre todo en los Concilios de Florencia9 y Lyon,10 que refutaron a los griegos orientales: “Las almas que partieron de este mundo en caridad con Dios, con verdadero arrepentimiento de sus pecados, antes de haber satisfecho con verdaderos frutos de penitencia por sus pecados de obra y omisión, son purificadas después de la muerte con las penas del purgatorio”.


Más extensamente fue formulada en el Concilio de Trento que insiste:

     
Cuiden con suma diligencia que la sana doctrina del Purgatorio, recibida de los santos Padres y sagrados concilios, se enseñe y predique en todas partes, y se crea y conserve por los fieles cristianos; aquellas, empero, que tocan a cierta curiosidad y superstición, o saben a torpe lucro, prohíbanlas como escándalos y piedras de tropiezo para los fieles.
    Concilio de Trento


También se ha hecho referencia al Purgatorio en el último Concilio Ecuménico, el Vaticano II (1962-1965)


El Compendio del Catecismo de la Iglesia Católica dedica un par de puntos que resumen esta doctrina:


    El purgatorio es el estado de los que mueren en amistad con Dios pero, aunque están seguros de su salvación eterna, necesitan aún de purificación para entrar en la eterna bienaventuranza. En virtud de la comunión de los santos, los fieles que peregrinan aún en la tierra pueden ayudar a las almas del purgatorio ofreciendo por ellas oraciones de sufragio, en particular el sacrificio de la Eucaristía, pero también limosnas, indulgencias y obras de penitencia.
    Compendio del Catecismo de la Iglesia católica, 210-211


 



La Iglesia católica, usando un lenguaje actual, explica la doctrina del purgatorio en los siguientes términos:


Durante nuestra vida terrena, siguiendo la exhortación evangélica a ser perfectos como el Padre celestial (cf. Mt 5, 48), estamos llamados a crecer en el amor, para hallarnos firmes e irreprensibles en presencia de Dios Padre, en el momento de «la venida de nuestro Señor Jesucristo, con todos sus santos» (1 Ts 3, 12 s). Por otra parte, estamos invitados a «purificarnos de toda mancha de la carne y del espíritu» (2 Co 7, 1; cf. 1 Jn 3, 3), porque el encuentro con Dios requiere una pureza absoluta. Hay que eliminar todo vestigio de apego al mal y corregir toda imperfección del alma. La purificación debe ser completa, y precisamente esto es lo que enseña la doctrina de la Iglesia sobre el purgatorio. Este término no indica un lugar, sino una condición de vida. Quienes después de la muerte viven en un estado de purificación ya están en el amor de Cristo, que los libera de los residuos de la imperfección.


LAS PENAS DEL PURGATORIO


Según la doctrina católica hay una diferencia sustancial entre infierno y purgatorio, y éste no es un infierno temporal. Propiamente hablando, sólo en el infierno se da una verdadera pena de daño, ya que ella es el castigo ultraterreno a la aversión actual de Dios, que no se da en las almas del purgatorio. Sin embargo pueden distinguirse:


-1.- Dilación de la Gloria. Tratada por la tradición teológica como pena de daño, es sin embargo cualitativamente distinta de la que se da en el infierno, y consiste en el aplazamiento del cielo. El alma queda privada de la visión beatífica (visión de Dios) mientras purga sus pecados. Esta pena implica que la presencia en el purgatorio no puede prolongarse en el tiempo hasta más allá del Juicio Final.

-2.- Pena de sentido. La tradición de los Padres latinos es casi unánime en favor del fuego real y corpóreo, semejante al del infierno, pero no ha sido necesaria todavía una declaración dogmática al respecto. Sí hay argumentos en la tradición, como el cuestionario de Clemente VI a los armenios, donde expresamente se pregunta «...si crees que son atormentados con fuego temporalmente...». En cuanto a si Dios se vale de los demonios para la administración de las penas del purgatorio, Santo Tomás (De purgatorio, Suppl. a.5) explica que no.

 

LOS SUFRAGIOS


Son las ayudas que los católicos ofrecen a las almas del Purgatorio. Principalmente son:


-1.- Ofrecimiento de la Misa: Ya sea encargándole la Misa a un sacerdote, ya sea ofreciéndola mentalmente por un difunto.

-2.-  Ofrecimiento de la Comunión: Los católicos, ortodoxos, coptos y luteranos creen que en la comunión se encuentra realmente Cristo. Cuando comulgan (reciben a Cristo), pueden ofrecerlo por reparación de las almas que les falta algo por purificar.

-3.- Misas gregorianas: Se denominan de esta manera, a la serie de misas en las que se debe interceder por un difunto durante treinta días sin interrupción. Su origen se vincula a un episodio narrado por San Gregorio Magno.

-4.- Indulgencia plenaria: Limpia todas las “manchas” que nos hayan dejado los pecados ya perdonados. Las indulgencias plenarias se obtienen de manera gratuita. Solamente hace falta realizar la acción indulgenciada, uniéndola a una comunión, un acto de caridad, rezar por las intenciones del Papa (Padre Nuestro, Ave María y Gloria) y confesarte en ocho días. Las principales acciones indulgenciadas son: rezo y meditación del Santo Rosario, en común; rezo-meditación del Vía Crucis, en una iglesia; lectura y meditación de la Biblia, por más de 30 minutos; adoración al Santísimo, más de 30 min.


Otros sufragios son: el ofrecimiento de las penas y alegrías, olvidar los insultos y perdonar a los que nos ofenden, ofrecer diversas oraciones, limosna y otras obras de misericordia.



EL VOTO DE ÁNIMAS

También llamado acto heroico de caridad, consiste en una donación completa de los efectos satisfactorios ganados con obras buenas, en favor de las almas del purgatorio.

En palabras de San Agustín, todas las obras buenas que se practican en estado de gracia santificante, tienen la virtud de producir cuatro efectos: meritorio, propiciatorio, impetratorio y satisfactorio. El efecto meritorio aumenta la gracia de quien la hace, y no puede cederse. Lo propiciatorio aplaca la ira de Dios; lo impretratorio inclina a Dios a conceder lo que se le pide. 

Por último, es satisfactoria porque ayuda a satisfacer o pagar la pena por los pecados. Es este último efecto satisfactorio el que se cede a las ánimas del purgatorio, ofreciendo a Dios una compensación por la pena temporal debida. No es un voto riguroso, ni requiere ningún formalismo más allá de hacerlo con el corazón, sino una cesión voluntaria que puede rectificarse en cualquier momento. Tampoco debería decirse heroico pues se gana más de lo que se cede.

ORACIÓN DE SAN AGUSTÍN
POR LAS ALMAS DEL PURGATORIO


Dulcísimo Jesús mío, que para redimir al mundo quisisteis nacer, ser circuncidado, desechado de los judíos, entregado con el beso de Judas, atado con cordeles, llevado al suplicio, como inocente cordero;
 presentado ante Anás, Caifás, Pilato y Herodes; 
escupido y acusado con falsos testigos; 
abofeteado, cargado de oprobios, desgarrado con azotes, coronado de espinas, golpeado con la caña, cubierto el rostro con una púrpura por burla; 
desnudado afrentosamente, clavado en la cruz y levantado en ella, puesto entre ladrones, como uno de ellos, dándoos a beber hiel y vinagres y herido el costado con la lanza. Librad, Señor, por tantos y tan acerbísimos dolores como habéis padecido por nosotros, a las almas del Purgatorio de las penas en que están; 
llevadlas a descansar a vuestra santísima Gloria, y salvadnos, por los méritos de vuestra sagrada Pasión y por vuestra muerte de cruz, de las penas del infierno para que seamos dignos de entrar en la posesión de aquel Reino, adonde llevasteis al buen ladrón, que fue crucificado con Vos, que vivís y reináis con el Padre y el Espíritu Santo por los siglos de los siglos.

Amén.