miércoles, 10 de abril de 2013

EL DOMINGO DE QUASIMODO





El pasado domingo, 7 de abril, se celebraba el denominado “Domingo de Quasimodo”, que en el argot, de la zona es “cuando se como todo”, refiriéndose a cuantos dulces y viandas, se preparan en demasía en la época de Cuaresma y Semana Santa, para ser terminado de degustar en los campos aledaños. Es el primer domingo después de Pascua. El origen de su nombre (en inglés) es incierto, pero aparentemente indica el contraste entre éste y la gran fiesta de la Pascua de resurrección, que la precede inmediatamente, y quizás también significa que, siendo el octavo día, fuera considerado parte de la festividad, aunque en menor grado.


Su nombre litúrgico es Dominica in albis depositis, derivado del hecho de que los neófitos que han sido bautizados en la víspera de la Pascua abandonan por primera vez sus blancas vestiduras. San Agustín menciona esta costumbre en un sermón para el día, y también se alude en el himno de vísperas para el tiempo pascual Ad regias Agni dapes (o, en su antigua forma, Ad cœnam Agni providi), escrito por un antiguo imitador de san Ambrosio.





El Domingo Inferior también es llamado Pascha clausum por algunos liturgistas, significando el fin de la Octava de Pascua, y domingo Quasimodo, por el Introito de la misa –Quasi modo geniti infantes, rationabile, sine dolo lac concupiscete?, cuyas palabras son empleadas por la Iglesia especialmente en referencia a los neófitos, así como en alusión general a la renovación del hombre por la resurrección. Este último aún es común en algunas regiones de Francia y Alemania.

Nuestra fe en la divinidad de Cristo es vencedora del mundo. Testigos de la divinidad de Cristo son, en el Cielo, el Padre y el Espíritu Santo; y en la tierra, el agua del Jordán, donde el Padre le proclama su Hijo; el Espíritu, que desciende sobre Él visiblemente, y la sangre redentora, que hace exclamar al Centurión: ¡Verdaderamente, éste era el Hijo de Dios! ¡Creamos, pues, en Cristo con fe viva e inquebrantable (Epíst.).

En la noche de la Resurrección aparecióse Cristo a los Apóstoles y les comunicó poder para perdonar los pecados. No estaba con ellos Tomás, que, al saberlo, rechazó el testimonio de los Apóstoles y dictó al mismo Cristo condiciones para creer. Hoy Jesús reaparece y accede a las condiciones del Apóstol incrédulo, el cual cae a los pies de Jesús exclamando: ¡Señor mío y Dios mío!.
Este Domingo se llama de Quasimodo primeras palabras del Introibo, o in albis, porque los neófitos acababan de dejar sus blancas túnicas. La Iglesia compara a sus hijos con los niños recién nacidos y esa leche que les da de beber (Int.) es la fe en Jesús que les hará triunfar sobre el mundo.


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Esa fe tiene por fundamento el testimonio del Padre, que en bautismo de Cristo (agua) le había ya proclamado Hijo suyo; del Hijo, que en la cruz (sangre), se mostró verdaderamente Hijo del Padre; y del Espíritu Santo (fuego), el cual atestigua por la Resurrección de Jesús la divinidad del Salvador (Ep.).
 
También nos muestra el Evangelio, cómo Cristo que se apareció dos veces en el Cenáculo, después de confundir la incredulidad de TOMÁS, alabó a los que, sin haber visto, creen en ÉL.

LA ROMERÍA ECUESTRE EN LAS CRUCES (DON BENITO)


El primer domingo después de Semana Santa, Pascua de Resurrección, suele celebrarse en varios pueblos de España y otros países hispanos bajo el nombre de Domingo de Quasimodo. Y ello no tiene nada que ver con el personaje creado por Victor Hugo, al menos directamente: de hecho, en la novela el jorobado recibe ese nombre al haber sido encontrado ese día, que en la tradición eclesiástica era el señalado para llevar a cabo el bautismo de los catecúmenos y se hacía bajo el introito de la misa: ¿Quasi modo geniti infantes, rationabile, sine dolo lac concupiscete?




Cáritas y la Asociación de Amigos del Caballo de Don Benito celebraron el pasado domingo, 7 de abril, la quinta edición de la Romería Ecuestre Solidaria, que esperaba reunir a los cerca de 300 jinetes que participaron el año pasado. Su pretensión,  reunir fondos para proyectos en Camerún y Honduras. (Noticia de Carlos A. Pino, www.hoy.es)


 

La marcha comenzaba sobre las 11.00 horas en la rotonda de la avenida de Córdoba y seguía hasta la plaza de España. Se continuó hasta la Ermita de Las Cruces. En el puente sobre el río Ortigas se realizó una ofrenda floral. El programa de actos señalaba las  actuaciones de Carmen Tena, Manuel Pajares y el guitarrista Manuel de Paula. Una vez que los jinetes llegaban al templo serían bendecidos en la puerta de la ermita uno a uno. 




En la ermita se instaló una barra solidaria, ya que todo lo que se consumió tuvo como destino a Cáritas, vendiéndose también platos de paella y realizando un ramo solidario. Por la tarde actuaron las alumnas de la academia de baile Eva y el artista Ezequiel. 




«Desde el primer año que se empezó con esta iniciativa, a la gente le gustó», señalaba David Cerrato, miembro de la Asociación de Amigos del Caballo de Don Benito. El año pasado hubo una gran participación y se recaudaron cerca de 3.000 euros, cifra que aspiran a repetir este año. Desde Cáritas realizan a lo largo del año varias actividades para sus proyectos. La siguiente cita será una gran concentración motera el 8 y 9 de junio. 


Camerún y Honduras


En Camerún se actuará en dos parroquias. Se construirán dos pozos para evitar que los habitantes de estas zonas tengan que desplazarse cerca de cuatro kilómetros todos los días. Además se invertirá dinero para completar la construcción de una escuela, que comenzó hace tiempo pero a la que le faltan los techos.


Por otra parte, se colaborará con el obispado hondureño de San Pedro de Sula, en el sector de la Rivera Hernández. Allí se financiarán 18 becas para niños en edad escolar, entre los 6 y los 18 años. Se trata de una localidad que creció mucho tras el huracán Mitch y en la que hay unas condiciones precarias, una de las razones de la proliferación de las llamadas "maras", pandillas juveniles dedicadas a la delincuencia. El proyecto busca dar alternativas en la educación para los jóvenes a través del programa 'Paso a paso'. 


EN ZAFRA…





Virgen de Belén (Zafra)



En la localidad extremeña de Zafra la fiesta gira en torno a la ermita de la Virgen de Belén desde que en 1624 un violento temporal anegara las cosechas y los vecinos pidieran la intercesión de dicha Virgen. Una procesión recuerda el evento, a veces reproducido en el tiempo -plaga de langostas en 1883-, sin imaginar que probablemente la costumbre sea muy anterior, habida cuenta del asentamiento prehistórico encontrado en los alrededores y la costumbre de cristianizar rituales paganos.

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El programa de festejos se inicia el día anterior con el llamado Camino de Rogatoria, en el que participan miles de asistentes con trajes camperos (conviene tener en cuenta esta masiva afluencia y reservar hotel). La imagen de la Virgen, de 1750 aunque retocada luego, es trasladada desde al Convento de las Carmelitas en una animada romería que por la noche continuará en casetas y carpas. La mañana siguiente una Diana Floreada por las calles con bandas de música da inicio al día grande. Jinetes, carrozas engalanadas y la Agrupación Musical Zafra acompañan a las autoridades, clero, cofradías y público en general a una misa solemne amenizada con cantos rocieros, tras la cual empieza la procesión alrededor de la ermita.




Por la tarde se desarrollan juegos, actuaciones, bailes, degustaciones… El más destacado es el Concurso de calderetas de cordero, en el que se hace entrega de la Caldereta de Plata a la mejor cocinada. 


 


LA TRADICIÓN EN CHILE


La Fiesta de Cuasimodo es una gran celebración religiosa católica, realizada principalmente en distintas localidades del valle central de Chile, la cual se realiza el primer domingo siguiente a la Pascua. Es en la actualidad una de las principales celebraciones religiosas, la cual, según palabra de Juan Pablo II durante su visita a Chile en 1987 la declaró como "verdadero tesoro del pueblo de Dios".

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La fiesta consiste tradicionalmente en una procesión a caballo que escolta las formas eucarísticas, portadas por el sacerdote que es transportado en una carreta engalanada para la ocasión, el propósito es llevar la comunión a los enfermos y ancianos que no pudieron comulgar durante el triduo pascual. Los escoltas, llamados cuasimodistas, se organizan en cofradías y se atavían de manera especial destacando un pañuelo generalmente blanco (para cubrir sus cabellos en señal de respeto a Cristo sacramentado dado que en su presencia no se debe usar sombrero), además cubren sus ropajes de Huaso con una capa corta. Es una fiesta de raíz campesina, aunque se ha adaptado a la ciudad donde se realizan procesiones en bicicleta o incluso en vehículos motorizados.

Cuasimodo carro


Las cofradías cuasimodistas se preparan durante el año, normalmente asociadas a clubes de huasos, confeccionanado sus atuendos y engalanando la o las carretas, además a la procesión lo acompaña un coro de cantores litúrgicos en carreta o camión. En su forma tradicional los cuasimodistas acompañan o "corren a Cristo" en parejas montadas o "colleras" que son fijas


El Concilio de Trento, celebrado por la iglesia católica, en Italia entre 1545 y 1563, estableció la conveniencia de comulgar al menos una vez al año. De acuerdo a esta norma, que también se extendió a América, se hizo común que los sacerdotes llevaran la comunión a los enfermos que no podían asistir a los templos católicos.


Durante la Colonia, el sacerdote iba en un carruaje asistiendo a lugareños, iba acompañado de toda su indumentaria y accesorios de plata y oro. Pero durante el período de la Patria Nueva afloraron bandidos que asaltaban las comitivas sin respetar al clérigo que oficiaba y a quien robaban todas las cosas de valor; por lo tanto empezaron a salir escoltados por hombres armados a caballo como medida disuasiva y precautoria.


El sacerdote y su comitiva necesitaban de protección durante su viaje a través de los solitarios caminos rurales, en los cuales algún bandido podía esperar para asaltarlos. Esto pasó a formar parte del folclore chileno. su vestimenta consiste en una manta blanca en la cabeza bordados generalmente en color amarillo. La comunidad, entonces adquirió la tradición de acompañar a este grupo, que también cumplía con la misión de recordar la resurrección de Cristo, el milagro central de la fe cristiana.


Se creía que ésta era una herencia colonial, pero no existen crónicas de esos años. Durante los albores de la República aparecen registros de Cuasimodo. En dicha época se desvaloraba esta fiesta perteneciente al sentido litúrgico popular.


Hoy en día la fiesta de Cuasimodo tiene gran cantidad de participantes, siendo
muchos los clubes de cuasimodistas que participan. 

ETIMOLOGÍA


La palabra "Cuasimodo" proviene de las primeras palabras del introito del segundo domingo de Pascua, "Quasi modo geniti infantes...", (del latín, "Así como niños recién nacidos..."), fecha en la que se realiza el Cuasimodo. Los griegos la llamaban Dominica nova, en razón a la vida nueva que debían empezar los bautizados de Pascua.


Estos bautizados recibían, de verificarse el bautismo, un vestido blanco: símbolo de pureza, el dominical, y que hoy en día se sustituye con un paño blanco de lino que se pone sobre la cabeza del recién bautizado. Estas vestiduras las usaban durante los ocho días que median desde el Sábado Santo hasta el Domingo de Cuasimodo, en cuyo día las dejaban en la sacristía de la iglesia, por cuya razón se llama también Dominica in albis.

Creamos nosotros en Jesús resucitado, y repitamos en presencia de la divina Eucaristía, donde está real y verdaderamente, aquel grito de fe y de humildad de SANTO TOMÁS: “¡SEÑOR MÍO Y DIOS MÍO!”.





lunes, 8 de abril de 2013

LITURGIA, CULTO Y COFRADÍAS



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La Liturgia es un aspecto poco estudiado y conocido en el mundo de las cofradías. Existen numerosos estudios sobre la imaginería, los bordados, el mundo del costal, la orfebrería, los vestidores, la historia de esas corporaciones y otros muchos aspectos de esa realidad multiforme que es la Semana Santa. Pero a veces se pierde de vista que todos esos elementos no tienen sentido, pierden su esencia, si se desvinculan del fin al que se dirigen: el culto a sus Titulares. Sin el culto no tendrían sentido, salvo como curiosidad antropológica o tradicional.



En este libro sobre “Liturgia, Culto y Cofradías” el autor aborda, a modo de breve manual divulgativo y con la máxima amenidad que estas cuestiones admiten, todos los elementos litúrgicos que un buen cofrade debe saber, conocimientos que deberían ser imprescindibles para miembros de juntas de gobierno y diputados de cultos, y en general para cualquier católico amante de la Liturgia. También, el autor hace incursiones en el Derecho Canónico y otros temas, abordando asuntos como la situación de los divorciados en la Iglesia, el protocolo eclesiástico y civil y, en definitiva, no deja tema polémico sin tratar. Un libro completo, redondo, que debe convertirse en el manual de referencia para el cofrade comprometido.


EL LIBRO


Lanzamiento: Marzo/2013
ISBN:
978-84-940592-4-7
IBIC:
HRCL
Páginas:
280
Formato:
17 x 24 cm
Encuadernación:
Blanda con solapas





EL AUTOR: JESÚS LUENGO MENA


Jesús Luengo Mena es antiguo alumno salesiano, Licenciado en Historia del Arte por la Universidad hispalense, Lector y Acólito instituido. Cofrade, en la actualidad ocupa el cargo de diputado de cultos en su sevillana Hermandad de Jesús Despojado. Profesionalmente ha ejercido como funcionario docente de la Junta de Andalucía. Sus facetas como historiador y divulgador abarcan dos campos principales: la Historia y Patrimonio de Sevilla, con especial dedicación a sus cofradías y hermandades y la Sagrada Liturgia. Como escritor es autor de varios libros sobre la Semana Santa de Sevilla y dos novelas, además de la historia de los Salesianos de Triana. Colabora de manera habitual con el portal Arte Sacro de Internet y dirige el boletín de la Hermandad de Jesús Despojado. En su faceta como liturgista ha impartido numerosas conferencias en hermandades y cofradías en toda Andalucía principalmente, colaborando con numerosas publicaciones cofrades.





LA EDITORIAL


Abec editores es una editorial con la vocación de publicar libros de autores, principalmente pero no exclusivamente andaluces, que tengan algo importante que transmitir a los lectores de todo el mundo desde una visión globalizada.  Aunque en una gran proporción, los libros que publicamos tratan sobre una temática local o muy concreta, son también al mismo tiempo de interés del público en general.






En Abec editores pretendemos que autores y lectores se encuentren plenamente satisfechos con nuestro trabajo editorial y colaboramos estrechamente con nuestras distribuidoras para la mayor difusión posible de nuestros libros.



 









CELEBRAR LA LITURGIA DE LA IGLESIA


I  ¿QUIEN CELEBRA?


La Liturgia es "acción" del "Cristo total" (Christus totus). Los que desde ahora la celebran, más allá de los signos, participan ya de la liturgia del cielo, donde la celebración es enteramente Comunión y Fiesta.
La celebración de la Liturgia celestial

El Apocalipsis de san Juan, leído en la liturgia de la Iglesia, nos revela primeramente que "un trono estaba erigido en el cielo y Uno sentado en el trono" (Ap 4, 2): "el Señor Dios" (Is 6, 1). (1) Luego revela al Cordero, "inmolado y de pie" (Ap 5, 6): (2) Cristo crucificado y resucitado, el único Sumo Sacerdote del santuario verdadero, (3) el mismo "que ofrece y que es ofrecido, que da y que es dado". (4) Y por último, revela "el río de Vida que brota del trono de Dios y del Cordero" (Ap 22, 1), uno de los más bellos símbolos del Espíritu Santo. (5) "Recapitulados" en Cristo, participan en el servicio de la alabanza de Dios y en la realización de su designio: las Potencias celestiales, (6) toda la creación (los cuatro Vivientes), los servidores de la Antigua y de la Nueva Alianza (los veinticuatro ancianos), el nuevo Pueblo de Dios (los ciento cuarenta y cuatro mil), (7) en particular los mártires "degollados a causa de la Palabra de Dios" (Ap 6, 9-11), y la Santísima Madre de Dios (La mujer, la Esposa del Cordero), (8) finalmente "una muchedumbre inmensa, que nadie podría contar, de toda nación, razas, pueblos y lenguas" (Ap 7, 9).




En esta Liturgia eterna el Espíritu y la Iglesia nos hacen participar cuando celebramos el Misterio de la salvación en los sacramentos.


Los celebrantes de la liturgia sacramental


Es toda la comunidad, el Cuerpo de Cristo unido a su Cabeza quien celebra. 


"Las acciones litúrgicas no son acciones privadas, sino celebraciones de la Iglesia, que es 'sacramento de unidad', esto es, pueblo santo, congregado y ordenado bajo la dirección de los obispos. Por tanto, pertenecen a todo el Cuerpo de la Iglesia, influyen en él y lo manifiestan, pero afectan a cada miembro de este Cuerpo de manera diferente, según la diversidad de órdenes, funciones y participación actual". Por eso también, "siempre que los ritos, según la naturaleza propia de cada uno, admitan una celebración común, con asistencia y  participación activa de los fieles, hay que inculcar que ésta debe ser preferida, en cuanto sea posible, a una celebración individual y casi privada". 

La asamblea que celebra es la comunidad de los bautizados que, "por el nuevo nacimiento y por la unción del Espíritu Santo, quedan consagrados como casa espiritual y sacerdocio santo para que ofrezcan, a través de todas las obras propias del cristiano, sacrificios espirituales".  Este "sacerdocio común" es el de Cristo, único Sacerdote, participado por todos sus miembros: 

La Madre Iglesia desea ardientemente que se lleve a todos los fieles a aquella participación plena, consciente y activa en las celebraciones litúrgicas que exige la naturaleza de la liturgia misma y a la cual el pueblo cristiano "linaje escogido, sacerdocio real, nación santa, pueblo adquirido" (1 P 2, 9),  tiene derecho y obligación, en virtud del bautismo. 

Pero "todos los miembros no tienen la misma función" (Rm 12, 4). Algunos son llamados por Dios en y por la Iglesia a un servicio especial de la comunidad. Estos servidores son escogidos y consagrados por el sacramento del Orden, por el cual el Espíritu Santo los hace aptos para actuar en representación de Cristo-Cabeza para el servicio de todos los miembros de la Iglesia. El ministro ordenado es como el "icono" de Cristo Sacerdote. Por ser en la Eucaristía donde se manifiesta plenamente el sacramento de la Iglesia, es también en la presidencia de la Eucaristía donde el ministerio del obispo aparece en primer lugar, y en comunión con él, el de los presbíteros y los diáconos.   

En orden a ejercer las funciones del sacerdocio común de los fieles existen también otros ministerios particulares, no consagrados por el sacramento del Orden, y cuyas funciones son determinadas por los obispos según las tradiciones litúrgicas y las necesidades pastorales. "Los acólitos, lectores, comentadores y los que pertenecen a la 'schola cantorum' desempeñan un auténtico ministerio litúrgico". 

Así, en la celebración de los sacramentos, toda la asamblea es "liturgo", cada cual según su función, pero en "la unidad del Espíritu" que actúa en todos. "En las celebraciones litúrgicas, cada cual, ministro o fiel, al desempeñar su oficio, hará todo y sólo aquello que le corresponde según la naturaleza de la acción y las normas litúrgicas". 

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II  ¿COMO CELEBRAR?

Signos y símbolos

Una celebración sacramental está tejida de signos y de símbolos. Según la pedagogía divina de la salvación, su significación tiene su raíz en la obra de la creación y en la cultura humana, se perfila en los acontecimientos de la Antigua Alianza y se revela en plenitud en la persona y la obra de Cristo.

Signos del mundo de los hombres. En la vida humana, signos y símbolos ocupan un lugar importante. El hombre, siendo un ser a la vez corporal y espiritual, expresa y percibe las realidades espirituales a través de signos y de símbolos materiales. Como ser social, el hombre necesita signos y símbolos para comunicarse con los demás, mediante el lenguaje, gestos y acciones. Lo mismo sucede en su relación con Dios.

Dios habla al hombre a través de la creación visible. El cosmos material se presenta a la inteligencia del hombre para que vea en él  las huellas de su Creador. La luz y la noche, el viento y el fuego, el agua y la tierra, el árbol y los frutos hablan de Dios, simbolizan a la vez su grandeza y su proximidad. 

En cuanto creaturas, estas realidades sensibles pueden llegar a ser lugar de expresión de la acción de Dios que santifica a los hombres, y de la acción de los hombres que rinden su culto a Dios. Lo mismo sucede con los signos y símbolos de la vida social de los hombres: lavar y ungir, partir el pan y compartir la copa pueden expresar la presencia santificante de Dios y la gratitud del hombre hacia su Creador.


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Las grandes religiones de la humanidad atestiguan, a menudo de forma impresionante, este sentido cósmico y simbólico de los ritos religiosos. La liturgia de la Iglesia presupone, integra y santifica elementos de la creación y de la cultura humana confiriéndoles la dignidad de signos de la gracia, de la creación nueva en Jesucristo.

sábado, 6 de abril de 2013

¿POR QUÉ BUSCAIS ENTRE LOS MUERTOS AL QUE ESTÁ VIVO?




Cristo Resucitado (Sevilla)

Una reflexión mas para la formación del Cofrade, y del Cristiano en general, que pone "fin" o "principio", a su razón de ser dentro de la Iglesia:

“¿Por qué buscáis entre los muertos al que está vivo?” (Lc. 24, 1-12).

Estas palabras de los ángeles a las mujeres son para toda la humanidad que llora y sufre, para todo ser humano y también para nosotros en esta noche: “¿Por qué buscáis entre los muertos al que vive? Ha resucitado”.

Jesús ha resucitado, verdaderamente ha resucitado. Este es el fundamento de nuestra esperanza y de la esperanza de toda la Humanidad. Con tu muerte, Jesús, has quebrantado y vencido nuestra muerte. La muerte ha sido vencida: la noche se ha convertido en aurora de esperanza. ¡ Jesús ha resucitado y vive para siempre ¡

El Evangelio comienza diciendo: “El primer día de la semana, de madrugada...”. “Las mujeres fueron al sepulcro llevando los aromas”... Las mujeres son las que van al sepulcro, las mujeres representan al grupo de discípulos provenientes de la marginación social y religiosa, pero las mujeres son las que madrugan para ir al sepulcro con las aromas, símbolos del amor que sienten por Jesús, deseaban ofrecerle el perfume de sus corazones. Las mujeres son guiadas al sepulcro por  el amor, representado en las aromas que portan, es el amor quien las guía hasta la puerta del sepulcro y encontraron “corrida la piedra”. 





Estas mujeres “encontraron corrida la piedra del sepulcro”. Entran y no hallan el cuerpo de Jesús... Se encuentran con dos hombres, con vestidos refulgentes que les preguntan “¿ por qué buscáis entre los muertos al que vive?” Esta es la pregunta que sigue resonando entre nosotros en esta noche: ¿por qué buscamos entre los muertos al que vive? Jesús no es un mero recuerdo histórico, sino una Presencia en todo ser humano, una presencia en nuestra vida. ¿Por qué entonces, nos encerramos en un sentimiento de decepción, de fracaso y de desesperanza ante la vida, si el Señor ha mostrado su amor hasta el final? ¿Por qué nos instalamos en la tristeza y en el pesimismo frente al futuro? ¿Cómo nos encontraremos con Él si no alimentamos el contacto vivo con su persona, si no captamos el Misterio de su Presencia en lo interior de nuestra vida?

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¿Por qué no abrir hoy nuestros ojos para captar el Misterio de su Presencia? Abrir bien los ojos para descubrir en esta noche su Presencia, que nos llena de vida nueva. El sepulcro está vacío. No tengáis miedo, ¿Buscáis a Jesús? No está aquí, ha resucitado.

Está en la vida, en lo profundo de nuestro corazón, en ese deseo ardiente de vivir, que, de vez en cuando, se despierta en cada uno de nosotros, en ese anhelo de infinito que todos llevamos dentro, en esa necesidad que sentimos de un sentido pleno a nuestra vida...

“¿Por qué buscáis entre los muertos al que vive? No está aquí. Ha resucitado”.A Jesús, al Resucitado, hay que buscarlo en la vida, donde hay vida. No en lo que ya está muerto. Y muchas cosas están ya muertas. Ya nonos sirven. No tenemos que buscarlo ya en los sepulcros vacíos de sentido. Hay muchas formas de vida que están muertas. Al Resucitado no tenemos que buscarlo en una fe estancada y rutinaria, vacía de experiencia. Jesús no es un muerto, está vivo y nos hace vivir. ¿Podemos hacer esta noche una opción por la Vida?

Jesús está ahí siempre, Él está siempre presente, en medio de nuestras pobres cosas, sosteniendo siempre todo lo bueno, lo bello, lo limpio que hay en cada uno de nosotros. Él está ahí como una luz en medio de la oscuridad, como un fuego en la noche. Celebrar la Pascua es creer que ningún ser humano vive olvidado, que ninguna queja cae en el vacío, que ningún grito deja de ser escuchado. Por eso, hoy es la Fiesta de la Vida, la Fiesta de la esperanza de una vida nueva y plena, de una vida llena de sentido: Necesitamos escuchar a los “dos hombres con vestidos refulgentes” que nos dicen:


“HA RESUCITADO”


Nuestro corazón está lleno de alegría en esta noche al descubrir que la muerte ha sido derrotada por tu Resurrección. (Palabras de Benjamín García Soriano).

Él hace posible que todas las noches, incluso las noches de nuestro corazón, estén llenas de claridad. Por eso podemos decir:

¡Oh noche más clara que el día!

¡Oh noche más luminosa que el sol!

¡Oh noche que no conoce las tinieblas!

¡Oh Cristo, luz del mundo, enciende nuestras lámparas apagadas, rompe nuestras cadenas y alienta en nosotros tu Vida nueva!

¡Renueva en nosotros el deseo de seguirte siempre!

Que esta Pascua reavive en nosotros el Fuego de una esperanza renovada.

Que nos olvidemos de lo que ya está muerto y no nos lleva a la Vida.

Cristo ha resucitado.

¡Feliz Pascua a todos!

http://www.bbnradio.org/WCM4/DesktopModules/BBNArticle/MakeThumbnail.aspx?Image=/wcm4/Portals/64/ArticleImages/CG31E.png&w=300

A continuación reproduzco las palabras del Santo Padre Francisco, en la homilía del Pasado Sábado Santo, con el fin de que realicemos una pequeña reflexión al escucharlas:

HOMILÍA DEL SANTO PADRE FRANCISCO
Basílica Vaticana
Sábado Santo 30 de marzo de 2013
 




 Papa Francisco I


Queridos hermanos y hermanas

1. En el Evangelio de esta noche luminosa de la Vigilia Pascual, encontramos primero a las mujeres que van al sepulcro de Jesús, con aromas para ungir su cuerpo (cf. Lc 24,1-3). Van para hacer un gesto de compasión, de afecto, de amor; un gesto tradicional hacia un ser querido difunto, como hacemos también nosotros. Habían seguido a Jesús. Lo habían escuchado, se habían sentido comprendidas en su dignidad, y lo habían acompañado hasta el final, en el Calvario y en el momento en que fue bajado de la cruz. Podemos imaginar sus sentimientos cuando van a la tumba: una cierta tristeza, la pena porque Jesús les había dejado, había muerto, su historia había terminado. Ahora se volvía a la vida de antes. Pero en las mujeres permanecía el amor, y es el amor a Jesús lo que les impulsa a ir al sepulcro. Pero, a este punto, sucede algo totalmente inesperado, una vez más, que perturba sus corazones, trastorna sus programas y alterará su vida: ven corrida la piedra del sepulcro, se acercan, y no encuentran el cuerpo del Señor. Esto las deja perplejas, dudosas, llenas de preguntas: «¿Qué es lo que ocurre?», «¿qué sentido tiene todo esto?» (cf. Lc 24,4). ¿Acaso no nos pasa así también a nosotros cuando ocurre algo verdaderamente nuevo respecto a lo de todos los días? Nos quedamos parados, no lo entendemos, no sabemos cómo afrontarlo. A menudo, la novedad nos da miedo, también la novedad que Dios nos trae, la novedad que Dios nos pide. Somos como los apóstoles del Evangelio: muchas veces preferimos mantener nuestras seguridades, pararnos ante una tumba, pensando en el difunto, que en definitiva sólo vive en el recuerdo de la historia, como los grandes personajes del pasado. Tenemos miedo de las sorpresas de Dios. Queridos hermanos y hermanas, en nuestra vida, tenemos miedo de las sorpresas de Dios. Él nos sorprende siempre. Dios es así.


Hermanos y hermanas, no nos cerremos a la novedad que Dios quiere traer a nuestras vidas. ¿Estamos acaso con frecuencia cansados, decepcionados, tristes; sentimos el peso de nuestros pecados, pensamos no lo podemos conseguir? No nos encerremos en nosotros mismos, no perdamos la confianza, nunca nos resignemos: no hay situaciones que Dios no pueda cambiar, no hay pecado que no pueda perdonar si nos abrimos a él.

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2. Pero volvamos al Evangelio, a las mujeres, y demos un paso hacia adelante. Encuentran la tumba vacía, el cuerpo de Jesús no está allí, algo nuevo ha sucedido, pero todo esto todavía no queda nada claro: suscita interrogantes, causa perplejidad, pero sin ofrecer una respuesta. Y he aquí dos hombres con vestidos resplandecientes, que dicen: «¿Por qué buscáis entre los muertos al que vive? No está aquí, ha resucitado» (Lc 24,5-6). Lo que era un simple gesto, algo hecho ciertamente por amor – el ir al sepulcro –, ahora se transforma en acontecimiento, en un evento que cambia verdaderamente la vida. Ya nada es como antes, no sólo en la vida de aquellas mujeres, sino también en nuestra vida y en nuestra historia de la humanidad. Jesús no está muerto, ha resucitado, es el Viviente. No es simplemente que haya vuelto a vivir, sino que es la vida misma, porque es el Hijo de Dios, que es el que vive (cf. Nm 14,21-28; Dt 5,26, Jos 3,10). Jesús ya no es del pasado, sino que vive en el presente y está proyectado hacia el futuro, Jesús es el «hoy» eterno de Dios. Así, la novedad de Dios se presenta ante los ojos de las mujeres, de los discípulos, de todos nosotros: la victoria sobre el pecado, sobre el mal, sobre la muerte, sobre todo lo que oprime la vida, y le da un rostro menos humano. Y este es un mensaje para mí, para ti, querida hermana y querido hermano. Cuántas veces tenemos necesidad de que el Amor nos diga: ¿Por qué buscáis entre los muertos al que está vivo? Los problemas, las preocupaciones de la vida cotidiana tienden a que nos encerremos en nosotros mismos, en la tristeza, en la amargura..., y es ahí donde está la muerte. No busquemos ahí a Aquel que vive. Acepta entonces que Jesús Resucitado entre en tu vida, acógelo como amigo, con confianza: ¡Él es la vida! Si hasta ahora has estado lejos de él, da un pequeño paso: te acogerá con los brazos abiertos. Si eres indiferente, acepta arriesgar: no quedarás decepcionado. Si te parece difícil seguirlo, no tengas miedo, confía en él, ten la seguridad de que él está cerca de ti, está contigo, y te dará la paz que buscas y la fuerza para vivir como él quiere.



 El Papa Francisco: «Cuando era seminarista me deslumbró una piba»


3. Hay un último y simple elemento que quisiera subrayar en el Evangelio de esta luminosa Vigilia Pascual. Las mujeres se encuentran con la novedad de Dios: Jesús ha resucitado, es el Viviente. Pero ante la tumba vacía y los dos hombres con vestidos resplandecientes, su primera reacción es de temor: estaban «con las caras mirando al suelo» – observa san Lucas –, no tenían ni siquiera valor para mirar. Pero al escuchar el anuncio de la Resurrección, la reciben con fe. Y los dos hombres con vestidos resplandecientes introducen un verbo fundamental: Recordad. «Recordad cómo os habló estando todavía en Galilea... Y recordaron sus palabras» (Lc 24,6.8). Esto es la invitación a hacer memoria del encuentro con Jesús, de sus palabras, sus gestos, su vida; este recordar con amor la experiencia con el Maestro, es lo que hace que las mujeres superen todo temor y que lleven la proclamación de la Resurrección a los Apóstoles y a todos los otros (cf. Lc 24,9). Hacer memoria de lo que Dios ha hecho por mí, por nosotros, hacer memoria del camino recorrido; y esto abre el corazón de par en par a la esperanza para el futuro. Aprendamos a hacer memoria de lo que Dios ha hecho en nuestras vidas.

En esta Noche de luz, invocando la intercesión de la Virgen María, que guardaba todos estas cosas en su corazón (cf. Lc 2,19.51), pidamos al Señor que nos haga partícipes de su resurrección: nos abra a su novedad que trasforma, a las sorpresas de Dios, tan bellas; que nos haga hombres y mujeres capaces de hacer memoria de lo que él hace en nuestra historia personal y la del mundo; que nos haga capaces de sentirlo como el Viviente, vivo y actuando en medio de nosotros; que nos enseñe cada día, queridos hermanos y hermanas, a no buscar entre los muertos a Aquel que vive. 

Amén.





REFLEXIÓN


Un día como hoy Cristo murió en la cruz del calvario para remisión de nuestros pecados.  Pero así como murió y los discípulos y demás seguidores experimentaron una gran tristeza, ansiedad y temor enorme e inimaginable, Cristo resucitó de los muertos al tercer día y en estos momentos está intercediendo ante Dios Padre por nosotros.  Ahora tenemos la garantía y seguridad que nada ni nadie nos separa ni puede separar del amor de Dios que es en Cristo Jesús. (Romanos 8:39)

Entonces debemos hacernos las siguientes preguntas:

¿Por qué nos sentimos y actuamos como si fuera viernes de crucifixión, si ya Cristo resucitó de los muertos?

¿Por qué tenemos que sentirnos derrotados como se sintieron los discípulos durante esos dos días, si ya nuestro Salvador ha resucitado de los muertos y su tumba permanece vacía hasta el día de hoy?

¿Por qué necesitamos vivir una vida de condenación si Cristo nos ama, nos justifica, nos garantiza la salvación y nos asegura que ninguna condenación hay para los que están en Él? (Romanos 8:1)


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¿Por qué tenemos que seguir viviendo una vida de cobardía y de temor por los eventos actuales y futuros, si la Palabra de Dios nos asegura que no he hemos recibido espíritu de cobardía sino de poder, amor y dominio propio”? (2 Timoteo 1:7)

Está bien vivir y actuar derrotado mientras no se tenga a Cristo, mientras no se cree que resucitó de los muertos y mientras Él no haya resucitado en nuestras vidas.  Sin embargo, no debemos vivir condenados, con cobardía y temor, habiendo ya Cristo resucitado de los muertos (Romanos 8:34), amándonos como nos ama (Juan 15:13), estando intercediendo por nosotros a  la diestra de Dios Padre (Romanos 8:34) y habiendo prometido que regresará pronto por segunda vez para llevarnos con Él a lugares que fue a aparejar para nosotros (Juan 14:1-3).

El mensaje del cielo es el mismo del ángel a las mujeres: “No temáis vosotras; porque yo sé que buscáis a Jesús, el que fue crucificado.  No está aquí, pues ha resucitado, como dijo. Venid, ved el lugar donde fue puesto el Señor” (Mateo 28:5,6).

Así como los ángeles preguntaron a las mujeres: “¿Por qué buscáis entre los muertos al que vive?” (Lucas 24:5), la pregunta para hoy es: ¿Por qué actuamos como si estuviera muerto quien está vivo?

Cuando la vida te maltrate, no olvides que tu Dios no está muerto.

Cuando a ti o a un ser querido le diagnostiquen una enfermedad maligna e incurable, recuerda que Cristo está vivo.

Cuando un ser querido muera, no olvides que Cristo resucitó de los muertos y gracias a esa muerte y resurrección, así mismo tu ser amado que descansa en el Señor, resucitará.



 



jueves, 4 de abril de 2013

DECIMOCUARTA ESTACIÓN: JESÚS ES SEPULTADO



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Hermandad del Santo Entierro (Sevilla)


Lectura del Evangelio según San Juan 19,39-40.


Llegó también Nicodemo, el que había ido a verlo de noche, y trajo unas cien libras de una mixtura de mirra y áloe. Tomaron el cuerpo de Jesús y lo envolvieron en los lienzos con los aromas, según se acostumbra a enterrar entre los judíos.

Nicodemo recibe el cuerpo de Cristo, se hace cargo de él y lo pone en el sepulcro, en un jardín que recuerda el de la creación. Jesús se deja enterrar como se dejó crucificar, con el mismo abandono, completamente «entregado» en las manos de los hombres y «perfectamente unido» a ellos «hasta el sueño bajo la lápida de la tumba» (S. Gregorio de Narek).

Aceptar las dificultades, los sucesos dolorosos, la muerte, exige una esperanza firme, una fe viva.


 


La piedra puesta a la entrada de la tumba será removida y una nueva vida surgirá.

En efecto, «por el bautismo fuimos sepultados con él en la muerte, para que, lo mismo que Cristo resucitó de entre los muertos por la gloria del Padre, así también nosotros andemos en una vida nueva» (Rm 6,4). 

Hemos recibido la libertad de los hijos de Dios para no volver a la esclavitud; se nos ha dado la vida en abundancia, no podemos conformarnos ya con una vida carente de belleza y significado. 


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Paso del Duelo (Hermandad del Santo Entierro  - Sevilla)


Señor Jesús, haz de nosotros hijos de la luz que no temen las tinieblas. Te pedimos hoy por todos los que buscan el sentido de la vida y por los que han perdido la esperanza, para que crean en tu victoria sobre el pecado y la muerte.
Amén.


«Fue crucificado, muerto y sepultado...». El cuerpo sin vida de Cristo fue depositado en el sepulcro. La piedra sepulcral, sin embargo, no es el sello definitivo de su obra. La última palabra no pertenece a la falsedad, al odio y al atropello. La última palabra será pronunciada por el Amor, que es más fuerte que la muerte. «Si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda él solo; pero si muere, da mucho fruto» (Jn 12,24).

El sepulcro es la última etapa del morir de Cristo en el curso de su vida terrena; es signo de su sacrificio supremo por nosotros y por nuestra salvación. Muy pronto este sepulcro se convertirá en el primer anuncio de alabanza y exaltación del Hijo de Dios en la gloria del Padre.

«Fue crucificado, muerto y sepultado (...); al tercer día resucitó de entre los muertos».

Con la deposición del cuerpo sin vida de Jesús en el sepulcro, a los pies del Gólgota, la Iglesia inicia la vigilia del Sábado Santo. María conserva en lo profundo de su corazón y medita la pasión del Hijo; las mujeres se citan para la mañana del día siguiente del sábado, para ungir con aromas el cuerpo de Cristo; los discípulos se reúnen, ocultos en el Cenáculo, hasta que haya pasado el sábado.

quinario


Esta vigilia acabará con el encuentro en el sepulcro, el sepulcro vacío del Salvador. Entonces el sepulcro, testigo mudo de la resurrección, hablará. La losa levantada, el interior vacío, las vendas por tierra, será lo que verá Juan, llegado al sepulcro junto con Pedro: «Vio y creyó» (Jn 20,8). Y, con él, creyó la Iglesia, que desde aquel momento no se cansa de transmitir al mundo esta verdad fundamental de su fe: «Cristo ha resucitado de entre los muertos, primicia de todos los que han muerto» (1 Cor 15,20).
El sepulcro vacío es signo de la victoria definitiva, de la verdad sobre la mentira, del bien sobre el mal, de la misericordia sobre el pecado, de la vida sobre la muerte.

El sepulcro vacío es signo de la esperanza que «no defrauda» (Rm 5,5). «Nuestra esperanza está llena de inmortalidad» (Sb 3,4).

"Por la gracia de Dios, gustó la muerte para bien de todos" (Hb 2, 9). En su designio de salvación, Dios dispuso que su Hijo no solamente "muriese por nuestros pecados" (1 Co 15, 3) sino también que "gustase la muerte", es decir, que conociera el estado de muerte, el estado de separación entre su alma y su cuerpo, durante el tiempo comprendido entre el momento en que Él expiró en la Cruz y el momento en que resucitó. Este estado de Cristo muerto es el misterio del sepulcro y del descenso a los infiernos. Es el misterio del Sábado Santo en el que Cristo depositado en la tumba (cf. Jn 19, 42) manifiesta el gran reposo sabático de Dios (cf. Hb 4, 4-9) después de realizar (cf. Jn 19, 30) la salvación de los hombres, que establece en la paz el universo entero (cf. Col 1, 18-20).


 


EL CUERPO DE CRISTO EN EL SEPULCRO


La permanencia de Cristo en el sepulcro constituye el vínculo real entre el estado pasible de Cristo antes de Pascua y su actual estado glorioso de resucitado. Es la misma persona de "El que vive" que puede decir: "estuve muerto, pero ahora estoy vivo por los siglos de los siglos" (Ap 1, 18):

«Y este es el misterio del plan providente de Dios sobre la Muerte y la Resurrección de Hijos de entre los muerte: que Dios no impidió a la muerte separar el alma del cuerpo, según el orden necesario de la naturaleza, pero los reunió de nuevo, una con otro, por medio de la Resurrección, a fin de ser Él mismo en persona el punto de encuentro de la muerte y de la vida deteniendo en Él la descomposición de la naturaleza que produce la muerte y resultando Él mismo el principio de reunión de las partes separadas» (San Gregorio Niceno, Oratio catechetica, 16, 9: PG 45, 52).

Ya que el "Príncipe de la vida que fue llevado a la muerte" (Hch 3,15) es al mismo tiempo "el Viviente que ha resucitado" (Lc 24, 5-6), era necesario que la persona divina del Hijo de Dios haya continuado asumiendo su alma y su cuerpo separados entre sí por la muerte:

«Aunque Cristo en cuanto hombre se sometió a la muerte, y su alma santa fue separada de su cuerpo inmaculado, sin embargo su divinidad no fue separada ni de una ni de otro, esto es, ni del alma ni del cuerpo: y, por tanto, la persona única no se encontró dividida en dos personas. Porque el cuerpo y el alma de Cristo existieron por la misma razón desde el principio en la persona del Verbo; y en la muerte, aunque separados el uno de la otra, permanecieron cada cual con la misma y única persona del Verbo» (San Juan Damasceno, De fide orthodoxa, 3, 27: PG 94, 1098A).


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"No dejarás que tu santo vea la corrupción"

La muerte de Cristo fue una verdadera muerte en cuanto que puso fin a su existencia humana terrena. Pero a causa de la unión que la persona del Hijo conservó con su cuerpo, éste no fue un despojo mortal como los demás porque "no era posible que la muerte lo dominase" (Hch 2, 24) y por eso "la virtud divina preservó de la corrupción al cuerpo de Cristo" (Santo Tomás de Aquino, S.th., 3, 51, 3, ad 2). De Cristo se puede decir a la vez: "Fue arrancado de la tierra de los vivos" (Is 53, 8); y: "mi carne reposará en la esperanza de que no abandonarás mi alma en la mansión de los muertos ni permitirás que tu santo experimente la corrupción" (Hch 2,26-27; cf. Sal 16, 9-10). La Resurrección de Jesús "al tercer día" (1Co 15, 4; Lc 24, 46; cf. Mt 12, 40; Jon 2, 1; Os 6, 2) era el signo de ello, también porque se suponía que la corrupción se manifestaba a partir del cuarto día (cf. Jn 11, 39).


 


"Sepultados con Cristo ... "


El Bautismo, cuyo signo original y pleno es la inmersión, significa eficazmente la bajada del cristiano al sepulcro muriendo al pecado con Cristo para una nueva vida: "Fuimos, pues, con él sepultados por el bautismo en la muerte, a fin de que, al igual que Cristo fue resucitado de entre los muertos por medio de la gloria del Padre, así también nosotros vivamos una vida nueva" (Rm 6,4; cf Col 2, 12; Ef 5, 26).

Jesús gustó la muerte para bien de todos (cf. Hb 2, 9). Es verdaderamente el Hijo de Dios hecho hombre que murió y fue sepultado.
Durante el tiempo que Cristo permaneció en el sepulcro su Persona divina continuó asumiendo tanto su alma como su cuerpo, separados sin embargo entre sí por causa de la muerte. Por eso el cuerpo muerto de Cristo "no conoció la corrupción" (Hch 13,37).

Pausa de silencio




OREMOS:


Señor Jesucristo, que por el Padre, con la fuerza del Espíritu Santo, fuiste llevado desde las tinieblas de la muerte a la luz de una nueva vida en la gloria, haz que el signo del sepulcro vacío nos hable a nosotros y a las generaciones futuras y se convierta en fuente viva de fe, de caridad generosa y de firmísima esperanza.

A ti, Jesús, presencia escondida y victoriosa en la historia del mundo, honor y gloria por los siglos. 

Amén.


Vía crucis de Gerardo Diego


Fue un José el primer varón
que a Jesús tomó en sus brazos,
y otro José en tiernos lazos
le estrecha de compasión.

Con grave, infinita unción
el sagrado cuerpo baja
y en un lienzo le amortaja.

Luego le da sepultura
y una piedra en la abertura
de la roca viva encaja.

Como póstuma jornada
de tu vía de amargura,
admiro en la sepultura
tu heroica carne sellada.

Señor, ya no queda nada
por hacer. Señor, permite
que humildemente te imite,
que contigo viva y muera,
y en luz no perecedera,
que como Tú resucite.

La última estación describe en tercera persona el descendimiento y posterior sepultura del Señor, gracias la oficiosa mediación de José de Arimatea. 

El poeta, llegado este momento definitivo, cambia el registro de su voz para proclamar en primera persona que todo ha concluido y no hay más que hacer. Y con muy buen criterio, concorde con Cristo, reclama para sí su parte de vida y de muerte, como equipaje necesario para resucitar "con luz no perecedera" con él y como él.




















martes, 2 de abril de 2013

DECIMOTERCERA ESTACIÓN: JESÚS MUERE EN LA CRUZ




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Cristo de la Expiración "El Cachorro" (Sevilla)


 Era ya cerca de la hora sexta cuando se oscureció el sol y toda la tierra quedó en tinieblas hasta la hora nona. El velo del Santuario se rasgó por medio y Jesús, dando un fuerte grito, dijo: «Padre, en tus manos pongo mi espíritu.» Y, dicho esto, expiró (Lc 23,44-46). 


Lectura del Evangelio según san Mateo 27, 45-46

Desde la hora sexta hasta la hora nona vinieron tinieblas sobre toda la tierra. A la hora nona, Jesús gritó con voz potente:«Elí, Elí, lemá sabaktaní» (es decir: «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?»)


Lectura del Evangelio según san Juan 19, 28 - 30


Sabiendo Jesús que ya todo estaba cumplido, para que se cumpliera la Escritura, dijo: «Tengo sed». Había allí un jarro lleno de vinagre. Y, sujetando una esponja empapada en vinagre a una caña de hisopo, se la acercaron a la boca. Jesús, cuando tomó el vinagre, dijo: «Está cumplido». E, inclinando la cabeza, entregó el espíritu.

«Tengo sed». «Está cumplido». En estas dos palabras, Jesús nos muestra, con una mirada hacia la humanidad y otra hacia el Padre, el ardiente deseo que ha impregnado su persona y su misión: el amor al hombre y la obediencia al Padre. Un amor horizontal y un amor vertical: ¡he aquí el diseño de la cruz! Y desde el punto de encuentro de ese doble amor, allí donde Jesús inclina la cabeza, mana el Espíritu Santo, primer fruto de su retorno al Padre.

En este soplo vital del cumplimiento, vibra el recuerdo de la obra de la creación ahora redimida. Pero también la llamada a todos los que creen en él, a «completar en nuestra carne lo que falta a los padecimientos de Cristo». ¡Hasta que todo esté cumplido!

 


Jesús está colgado en la cruz. Horas de angustia, horas terribles, horas de sufrimientos físicos inhumanos. «Tengo sed», dice Jesús. Y le acercan a la boca una esponja empapada en vinagre.

Un grito surge de improviso: «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?». ¿Blasfemia? ¿El condenado grita el Salmo? ¿Cómo aceptar a un Dios que clama, que se lamenta, que no sabe, no entiende? ¿El Hijo de Dios hecho hombre que se siente morir abandonado por su Padre?

Jesús, te has hecho uno de los nuestros hasta este punto, uno con nosotros, excepto en el pecado.

Tú, Hijo de Dios hecho hombre, tú, que eres el Santo, te has identificado con nosotros hasta experimentar nuestra condición de pecadores, la lejanía de Dios, el infierno de aquellos que no tienen Dios. 

 


Tú has probado la oscuridad para darnos la luz. Has vivido la separación para darnos la unidad. Has aceptado el dolor para dejarnos el amor. Has sentido la exclusión, abandonado y suspendido entre el cielo y la tierra, para acogernos en la vida de Dios.

Un misterio nos envuelve al revivir cada paso de tu pasión.
Jesús, tú no guardas celoso el tesoro de tu ser igual a Dios, sino que te haces pobre de todo para enriquecernos.

«En tus manos entrego mi espíritu».

¿Cómo has hecho, Jesús, en aquel abismo de desolación, para confiarte al amor del Padre, para abandonarte a él, para morir en él? Sólo mirándote a ti, sólo contigo, podemos afrontar las tragedias, el sufrimiento de los inocentes, las humillaciones, los ultrajes, la muerte. 

http://uncatolico.com/wp-content/uploads/2011/09/Estacion12_Jesus_muere_en_la_cruz.jpg



Jesús vive su muerte como don para mí, para nosotros, para nuestra familia, para cada persona, para cada familia, para cada pueblo, la humanidad entera. En aquel acto renace la vida.

Cada vez que te matamos en nuestra alma se oscurece el mundo, pero tú respondes sólo con misericordia. Contemplándote muerto en la cruz comprendemos hasta qué punto ha llegado tu abajamiento por nuestro amor: a muerte y muerte de cruz. Has bajado a lo más hondo para subirnos contigo. No has desdeñado nada de lo más trágico de nuestra condición humana, te has metido hasta el fondo para desde ahí restaurarnos. 






No nos salvas desde fuera, era necesario que te metieras hasta el fondo de nuestra muerte. Ahora, contemplándote muerto en la cruz, intuimos hasta qué punto nos amas: nadie tiene un amor más grande que el que da la vida por sus amigos. De tu costado abierto mana agua y sangre, el agua del bautismo y la sangre de la eucaristía, para que unidos a ti y alimentados por ti, vivamos la novedad y la alegría de la vida cristiana. Sabemos ya que a la hora de nuestra muerte tú nos esperas ahí para levantarnos contigo y llevarnos a tu reino. ¡Gracias, Señor, por tu sacrificio. Gracias, Señor, por tu amor!


Señor, ten piedad…


Desde lo alto de la cruz, un grito: grito de abandono en el momento de la muerte, grito de confianza en medio del sufrimiento, grito del alumbramiento de una vida nueva. Colgado del Árbol de la Vida, entregas el espíritu en manos del Padre, haciendo brotar la vida en abundancia y modelando la nueva criatura. 

También nosotros afrontamos hoy los desafíos de este mundo: sentimos que las olas de las preocupaciones nos sumergen y hacen vacilar nuestra confianza. Concédenos, Señor, la fuerza de saber en nuestro interior que ninguna muerte nos vencerá, hasta que reposemos entre tus manos que nos han formado y nos acompañan.


Y que cada uno de nosotros pueda exclamar:


«Ayer, estaba crucificado con Cristo,
hoy, soy glorificado con él.
Ayer, estaba muerto con él,
hoy, estoy vivo con él.
Ayer, fui sepultado con él,
hoy, he resucitado con él». (Gregorio Nacianceno).



En las tinieblas de nuestras noches, nosotros te contemplamos. Enséñanos a dirigirnos hacia el Altísimo, tu Padre celestial.


Hoy oramos para que todos aquellos que promueven el aborto tomen conciencia de que el amor sólo puede ser fuente de vida. También por los defensores de la eutanasia y por aquellos que promueven técnicas y procedimientos que ponen en peligro la vida humana. Abre sus corazones, para que te conozcan en la verdad, para que se comprometan en la edificación de la civilización de la vida y del amor. 

Amén.


File:Rostro de el Cachorro.jpg



ORACIÓN


¡Señor Jesús, muerto por nosotros!
Tú pides para dar,
mueres para entregar y,
al mismo tiempo, nos haces descubrir en el don de sí mismo
el gesto que crea el espacio de la unidad.
Perdona el vinagre de nuestro rechazo
y de nuestra incredulidad,
perdona la sordera de nuestro corazón
a tu grito sediento
que sigue subiendo desde el dolor de tantos hermanos.

Ven, Espíritu Santo,
heredad del Hijo que muere por nosotros:
sé tú el faro que nos guíe
«hasta la verdad plena»
y «la raíz que nos conserve en la unidad».

Amén.