lunes, 9 de abril de 2012

LA PASCUA DE RESURRECCIÓN


El Domingo de Resurrección, Domingo de Gloria o Domingo de Pascua, los cristianos celebran la Resurrección de Jesucristo tras haber sido Crucificado. Tiene lugar como culminación de la Semana Santa y en él se abre un nuevo período litúrgico: la Pascua de Resurrección. El Domingo de Resurrección se celebra el primer domingo después de la primera luna llena de primavera.

Como ha sucedido en toda la semana precedente, en multitud de lugares de España se celebran procesiones que, en este caso, conmemoran la Resurrección, poniendo un punto final a la celebración de la Semana Santa. Muchas de ellas tienen como punto más destacado el Encuentro entre las imágenes de la Virgen y Cristo Resucitado.
La Iglesia Católica celebra este día con una liturgia sumamente jubilosa, haciendo eco de la Vigilia Pascual celebrada la noche precedente.

En los oficios de este día, el sacerdote y el diácono visten ornamentos blancos, y donde los hubiere, dorados, como signo de fiesta.


La Misa se celebra como de costumbre, pero de manera más solemne y festiva, con abundantes instrumentos musicales y arreglos corales, incienso, y un reiterativo Aleluya que se verá en el Salmo que se canta ese día, en la propia aclamación al Evangelio, y al final, en el Ite Missa est, que como en la Vigilia, estará acompañado de un doble aleluya cantado.

Otra particularidad de esta Misa es que antes del Aleluya como aclamación al Evangelio, el diácono o un cantor suele entonar la Secuencia de Pascua (Victimae Paschali Laudes), que resume el relato de la Resurrección narrado por los cuatro evangelistas, en forma lírica y solemne.

La Misa de este día da inicio a la llamada Octava de Pascua, los ocho días desde el Domingo de Resurrección inclusive, que recuerdan las apariciones de Jesús a las piadosas mujeres, a María Magdalena y a los apóstoles. En estos ocho días se canta el Gloria y se reza el Credo, al igual que los domingos.

La resurrección es una verdad fundamental del cristianismo. Cristo verdaderamente resucitó por el poder de Dios. No se trata de un fantasma, ni una mera fuerza de energía, ni de un cuerpo revivido como el de Lázaro que volvió a morir. La presencia de Jesús resucitado no se trata de alucinaciones por parte de los Apóstoles.

Cuando decimos "Cristo vive" no estamos usando una manera de hablar, como piensan algunos, para decir que vive solo en nuestro recuerdo. La cruz, muerte y resurrección de Cristo son hechos históricos que sacudieron el mundo de su época y transformaron la historia de todos los siglos. Cristo vive para siempre con el mismo cuerpo con que murió, pero este ha sido transformado y glorificado (Cf. Cor.15:20, 35-45) de manera que goza de un nuevo orden de vida como jamás vivió un ser humano.


La vida de Cristo la vivimos por la gracia. Los que son de Cristo participan ya de esta vida nueva de Cristo desde el bautismo. Esta vida activa en nosotros se llama gracia. Se puede perder por el pecado mortal, pero se puede recuperar por el perdón sacramental, y la debemos aumentar viviendo fielmente nuestra fe. La gracia nos da fortaleza, esperanza y la capacidad de un amor sobrenatural. Nos hace capaces de comprender el sentido profundo de la vida y de las luchas porque nos comunica la perspectiva de Dios. El cristiano, movido por el Espíritu Santo vive en gracia de Dios, preparándose para la continuación de su vida eterna después de la muerte. Esta vida de Cristo la vivieron los santos (Cf. Rom 6:8) de manera ejemplar. Todos debemos de imitarlos para ser también santos. Sin la gracia, los hombres caen en un gran vacío, en una vida sin sentido.

La muerte, tanto espiritual como física, es la consecuencia del pecado que entró en el mundo por rebelión de nuestros primeros padres. Estamos sujetos a la muerte física, pero el "aguijón" del pecado ha sido reemplazado por la esperanza cierta en la resurrección. Jesucristo pagó el precio por nuestros pecados con su muerte en la cruz. Conquistó así a todos sus enemigos. El último enemigo en ser destruido, al final del tiempo, será la muerte (Cf. I Cor. 15:26). Por eso, la muerte no es el final, tampoco nos encierra en un ciclo como piensan los proponentes de la reencarnación. Vivimos y morimos una sola vez. Durante nuestra vida mortal decidimos nuestra eternidad. Recibimos la gracia y la misericordia de Dios que nos abre las puertas del cielo. Al final del tiempo se establecerá plenamente el reino del Señor.


Todos resucitaremos. Cristo resucitado es el primer fruto (Cf.1 Cor 15:20) de la nueva creación. Con su cruz, El ha abierto las puertas para que nuestros cuerpos también resuciten. Por eso los cristianos no solo creemos en la resurrección de Jesús sino también en "la resurrección de la carne", como profesamos en el credo de los Apóstoles, es decir en la resurrección de todos los hombres. Sobre esto escribe San Pablo: "Porque, habiendo venido por un hombre la muerte, también por un hombre viene la resurrección de los muertos. Pues del mismo modo que en Adán mueren todos, así también todos revivirán en Cristo" (I Cor. 15:21,22) y mas adelante: "En un instante, en un pestañear de ojos, al toque de la trompeta final, pues sonará la trompeta, los muertos resucitarán incorruptibles y nosotros seremos transformados (I Corintios 15:52).

La resurrección es mucho mas que la reencarnación. Es cierto que algunas religiones narran sobre dioses que mueren y resucitan pero ninguna habla de un cuerpo gloriosamente resucitado ni del poder para compartir esta nueva vida con otros. Los judíos no esperaban un Mesías que muriera y resucitara. Algunos tenían la esperanza de resucitar, pero no con cuerpos gloriosos sino en una resurrección análoga a la de Lázaro (Cf. Is. 26:19; Ez. 37:10; Dn 12:2).

Algunas filosofías y religiones han creído en la reencarnación o en la inmortalidad del alma apartada del cuerpo. Pero la fe en la resurrección solo se encuentra entre los cristianos.

Vivamos pues la Romería del Encuentro, en la Ermita de las Cruces, (si el tiempo no lo impide), como el cúlmen de nuestra preparación de la Cuaresma y de lo vivido a lo largo de la Semana Santa.

Para el cofrade, ahora comienza la Semana Santa de 2013, que empezaremos a preparar desde ya, con ánimo de seguir mejorando en nuestra vida cristiana.

sábado, 7 de abril de 2012

EL MISTERIO DE LA VIGILIA PASCUAL


Sábado de Gloria, todo está cumplido, el Señor ha vivido su pasión y muerte, con el único objetivo de volver a nosotros, triunfante y resucitado de entre la oscuridad de los muertos. Don Benito se prepara en esta noche para encender de nuevo el cirio pascual en cada una de sus Parroquias , Iglesias y Capillas.

La Vigilia Pascual es la celebración litúrgica más importante de la Iglesia y sigue un ritual muy semejante en todas sus confesiones. En todas ellas son comunes los símbolos de la luz y el agua, dado que en la antigüedad era la celebración en la que los neófitos recibían el bautismo.

Se celebra en la madrugada del Sábado Santo al Domingo de Resurrección.

Liturgia católica

En la Vigilia Pascual, la Iglesia Católica celebra una liturgia muy especial, y lo hace con la máxima solemnidad.

El Sacerdote celebrante, los concelebrantes que pudiere haber, y el diácono están revestidos de ornamentos blancos, señal de alegría por la resurrección del Señor.

Empiezan los oficios con el templo a oscuras, encendiéndose y bendiciéndose un fuego en el atrio, en un lugar fuera del templo. De ese fuego se enciende el Cirio Pascual, una enorme vela que simboliza a Cristo Resucitado. Acto seguido, se inicia la procesión del sacerdote y los ministros, y los fieles que esperan dentro del Templo encienden sus velas propias de la llama del Cirio, a medida que el diácono avanza con el cirio en alto por la nave central del Templo. El diácono se detiene en tres oportunidades para cantar: "Luz de Cristo", a lo que los fieles responden: "Demos gracias a Dios". Cada vez este canto se efectúa un tono más alto.

Llegados al presbiterio, se coloca en el centro del mismo, junto al altar o junto al ambón, y el sacerdote lo inciensa tres veces. Se encienden algunas luces del Templo (quedando a media luz), y acto seguido, el diácono, el sacerdote celebrante o un cantor entona el Pregón Pascual antiguo himno alusivo a la noche de Pascua que proclama la gloria de la Resurrección de Cristo, que envolverá toda la liturgia de esta noche.

Luego continua con la Liturgia de la Palabra, en la que seminaristas o fieles seglares, proclaman siete relatos del Antiguo Testamento alusivos al plan salvífico de Dios, intercalados con salmos o cánticos del Antiguo Testamento (interpretados por un cantor) y oraciones (rezadas por el Sacerdote celebrante).

1a. Lectura: Génesis 1,1-2,2 1er. Salmo: Sal 103, 1-2a.5-6.10.12-14ab.24.35 (Ant: Señor, envía tu Espíritu y renueva toda la tierra.) 2a. lectura: Génesis 22, 1-18 2o. Salmo: Sal 15, 5.8-11 (Ant: Protégeme, Dios mío, porque en ti me refugio.) 3a. lectura: Éxodo 14, 15-15, 1a 3er. Salmo: (Cántico) Éxodo 15, 1b-6.17-18 (Ant: Cantaré al Señor, que se ha cubierto de gloria.) 4a. lectura: Isaías 54, 5-14 4o. Salmo: Sal 29, 2.4-6.11-12a.13b (Ant: Yo te glorifico, Señor, porque tú me libraste.) 5a. lectura: Isaías 55, 1-11 5o. Salmo: (Cántico) Isaías 12, 2-6 (Ant: Sacarán aguas con alegría de las fuentes de la salvación.) 6a. lectura: Baruc 3, 9-15. 32-4, 4 6o. Salmo: Sal 18, 8-11 (Ant: Señor, tú tienes palabras de vida eterna.) 7a. lectura: Ezequiel 36, 17a.18-28 7o. Salmo: Sal 41, 3.5bcd; 42, 3-4 (Ant: Mi alma tiene sed de Dios.)

Por razones pastorales, puede reducirse el número de lecturas a tres, siendo obligatorias la 1a., la 3a. y la 6a., con sus respectivos salmos.

Tras estos sigue la Vigilia, el Sacerdote celebrante inicia la entonación del Gloria que no se había cantado desde que empezó la Cuaresma, junto con repique de las campanas de la torre de la iglesia y las campanillas de mano. Siguen el canto del Gloria el coro, acompañado de instrumentos musicales, y junto a él los fieles. Se encienden las restantes luces del Templo y los monaguillos encienden los cirios del altar tomando fuego del Cirio Pascual. Además, adornan los altares del Templo con arreglos florales.

Terminado el Gloria, un seminarista o un seglar procede a la lectura de una carta del Apóstol San Pablo (Romanos 6, 3-11). Tras este lectura y previo al Evangelio se entona de manera solemne el Aleluya, con su salmo aleluyático (Sal 117, 1-2.16-17.22-23), y el diácono, o el propio sacerdote celebrante a falta de diácono, procede a leer el Evangelio correspondiente (la Resurrección del Señor: según San Mateo en ciclo A, según San Marcos en ciclo B y según San Lucas en ciclo C).

Tras la homilía, pronunciada por el celebrante principal, tiene lugar la Liturgia Bautismal, en la cual se administra el Bautismo a los nuevos cristianos de ese año. Se bendice el agua de la pila bautismal con un rito de exorcismo especial y se cantan las Letanías de los Santos. También, los fieles presentes renuevan sus promesas bautismales, tomando de nuevo la luz del cirio pascual, y se los asperja con agua bendita. Si el celebrante principal es Obispo, puede administrar también el sacramento de la Confirmación a los fieles que se hayan preparado debidamente para ello.

Finalmente, se continúa la Misa con la liturgia eucarística de la manera acostumbrada. Se suele usar la Plegaria Eucarística I o Canon Romano (más tradicional), tratándose de una liturgia muy solemne. En el momento de la comunión, se acostumbra a realizar la Eucaristía bajo las dos especies. La procesión de comunión suele ser con cantos jubilosos, el que está mandado en el Misal es el "Magnificat" (Canto de María).

La eucaristía, como siempre termina con el envío (Ite missa est), que en este día es solemnizado por el canto y por el doble aleluya que se añade.

Al final, aunque no es obligación, es costumbre cantar el Regina Coeli (Reina del Cielo), una alabanza a la Virgen María para que se alegre con la Resurrección de su Hijo.

No olvidemos los Cristianos y Cofrades, que este es el verdadero sentido de nuestra preparación cuaresmal y del resto de nuestra vida entregada a lo largo del año litúrgico.

jueves, 5 de abril de 2012

EL LAVATORIO DE PIES


En el día de hoy, Jueves Santo, y al margen de las actividades típicamente cofrades, que van a cubrir las calles de Don Benito, quiero destacar un acto clave en las Eucaristías de esta tarde, y no es otro que el momento en el que Jesús, lavó los pies de sus apóstoles, lo cual viene a reproducirse cada año en los relatos previos a su pasión y muerte.

Cuando el Evangelio de San Juan relata que Jesús decide lavarle los pies a sus discípulos, nos ofrece un testimonio de la vocación al servicio del mundo y de la Iglesia que tenemos nosotros los fieles.
Entre los detalles que hacen diferente a la Misa de la Celebración de la Cena del Señor a otras misas durante el año es que en esta se incluye una parte donde se lavan los pies a los apóstoles representado por doce niños o ancianos de la comunidad.

En esta parte de la misa resalta la importancia tan grande que tiene el servicio al prójimo.

Pero antes de comenzar la Cena Cristo "... sabiendo que el Padre le había puesto todo en sus manos y que había salido de Dios y a Dios volvía, se levanta de la mesa, se quita sus vestidos y , tomando una toalla , se la ciñó. Luego echó agua en un lebrillo y se puso a lavar los pies de los discípulos y a secárselos con la toalla con que estaba ceñido." (Jn 13 3-5)

Al igual que los apóstoles, en especial San Pedro, nos quedamos asombrados, como Cristo que tiene todo el poder y que es Dios se pone al servicio del hombre. Un Dios que lava los pies a su criatura. La realidad es que Dios mismo quiere recordarnos que la grandeza de todo cuanto existe no reside en el poder y en el sojuzgar a otro, sino en la capacidad de servir y al darse dicho servicio se da gloria a Dios. Cristo mismo ya se lo había dicho a los discípulos: "... el que quiera llegar a ser grande entre vosotros, será vuestro servidor, y el que quiera ser el primero entre vosotros, será esclavo de todos, que tampoco el Hijo del Hombre ha venido a ser servido si no a servir y a dar su vida como rescate por muchos." (Mc 10, 43-45).

Con esto queda muy clara la misión de la Iglesia en el mundo: servir. "Porque os he dado ejemplo, para que también vosotros hagáis como yo he hecho con vosotros" (Jn 13, 15) La Iglesia siguiendo el ejemplo de Cristo está al servicio de la humanidad. Por tanto todos aquellos que formamos la Iglesia estamos llamados a servir a los que nos rodean.

El amor que Dios nos manifiesta debe convertirse en servicio que dé testimonio de su presencia entre nosotros. El cristiano siguiendo él "amaos los unos a los otros como yo os he amado" (Jn 15 12) debe ser como esa levadura que transforma al mundo para que este se renueve y se transforme.

El egoísmo del hombre se vence con la entrega generosa a los demás. En el servicio resida la verdadera realización personal y la felicidad. Solo el que se dio triunfó.

Si vivimos con profundidad la ceremonia nos daremos cuenta de que Cristo se pone al servicio del Padre para salvar al hombre ofreciendo su propia vida como rescate, bien podríamos decir que esta es su misión. Con el "también vosotros hagáis como yo he hecho con vosotros" Cristo confiere en especial a ese grupo de discípulos conocidos como apóstoles su propia misión, especialmente el consagrar el pan y el vino en su Cuerpo y Sangre para la remisión de los pecados al decir "haced esto en memoria mía". Es en este momento en el que Cristo designa a este grupo como sacerdotes, es decir instituye el sacerdocio. Cada uno de estos hombres a partir de este momento es copartícipe de la misión de Cristo: salvar al hombre por medio de la entrega total al servicio de Dios.
Este es otro de los grandes dones que en el primer Jueves Santo Dios hace a la humanidad. Cristo desde entonces ha escogido y preparado a una serie de hombres para que siguiendo el ejemplo de Cristo se pongan al servicio de Dios para salvar a la humanidad, impartiendo los sacramentos por Dios instituidos (especialmente la Eucaristía) y guíen con la vivencia de su sacerdocio al pueblo de Dios por el camino de la salvación.

El mundo, especialmente en los albores de un nuevo milenio vive sumido en las tinieblas del egoísmo de una cultura de la muerte. El Jueves Santo es un día en el que Dios nos invita por medio del servicio a ser esas lámparas que lleven la luz de Cristo al mundo. También este día debemos reconocer el amor de todos esos hombres que deciden dejarlo todo por seguir a Cristo en la entrega total al servicio de los demás: religiosas, religiosos, misioneros, hombres y mujeres consagrados a Dios. Pero especialmente celebrar y pedir a Dios por aquellos que con su vida comparten la misión de Cristo y nos administran los sacramentos: los sacerdotes. Pedir por su santidad y fidelidad al servicio de Cristo.

No debemos olvidar pedir por mas vocaciones a la vida consagrada y al sacerdocio, pedir por mas hombres y mujeres que tengan por vocación la entrega total al servicio de Jesucristo y de su Iglesia.

martes, 3 de abril de 2012

EL SERMÓN DE LAS SIETE PALABRAS


En la Semana Santa de Don Benito, tras la recogida del paso del Santísimo Cristo de Medinaceli, cada Martes Santo, suele tener lugar el denominado “Sermón de las Siete Palabras”, en la Parroquia de Santiago, organizado por la propia Cofradía en colaboración con los sacerdotes.

Me parece interesante exponerlo en esta entrada de Blog, para que sepamos su significado y la importancia litúrgica del mismo dentro de nuestra Semana de pasión. Las siete palabras de Cristo en la cruz fueron recopiladas y analizadas en detalle por vez primera por el monje cisterciense Arnaud de Bonneval (+1156) en el siglo XII. A partir de ese momento las consideraciones teológicas o piadosas de esas palabras se multiplican. Pero fue san Roberto Berlarmino (Doctor de la Iglesia, 1542-1621) quién más impulsó su difusión y práctica al escribir el tratado Sobre las siete palabras pronunciadas por Cristo en la cruz. Desde entonces se propagó la costumbre de predicar el tradicional "sermón de las siete palabras" en la mañana o mediodía del Viernes Santo.

Hay que destacar, que en la vida cofrade española, el Sermón de las Siete Palabras es uno de los actos más singulares y destacados de la Semana Santa de Valladolid, organizado por la Cofradía de las Siete Palabras. Cada Viernes Santo a mediodía, la plaza Mayor, engalanada con telones negros, se transforma en un escenario del siglo XVI en el que un sacerdote reflexiona sobre las siete palabras que Cristo pronunció en la Cruz, delante de los respectivos pasos que las ilustran. Este Sermón viene precedido de un pregón a caballo que es proclamado a lo largo de toda la mañana en distintos puntos de la ciudad. También es destacable en la Semana Santa de Cartagena y de otras muchas ciudades españolas.

Se conoce como Las Siete Palabras a las siete frases que Jesús pronunció antes de morir, recogidas por los evangelistas.

Los dos primeros evangelios, Mateo y Marcos, mencionan solamente una, la cuarta. Lucas relata tres, la primera, segunda y séptima. Juan recoge las tres restantes, la tercera, quinta y sexta. Con certeza absoluta no puede determinarse el orden con que las pronunció Jesús.
Las Siete Palabras suelen enumerarse del siguiente modo:

PRIMERA PALABRA

«Padre, Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen» (Lucas 23,34).

La oración se ofreció para quienes eran culpables de darle muerte. No es seguro si se refirió a los "judíos" o a "los soldados romanos." Tal vez se refirió a ambos. La verdad es que la Biblia posteriormente hace referencia a los soldados romanos jugando dados. Esto es una indicación que pudo estar refiriéndose a ellos. (Marvin R., Escrito con ayuda de "Barnes' Notes on the Bib
La oración se ofreció para los romanos (como sus verdugos), como también para los judíos quienes fueron lo que lo llevaron a la muerte. Mas el alcance de esta oración va aun mas allá y no solo es de corto alcance o solo una oración del momento, sino que está oración sigue estando vigente, es decir que la oración fue también por cada uno de la humanidad, por quienes El estaba siendo crucificado. y en nuestra vida ese PADRE PERDONALOS PORQUE NO SABEN LO QUE HACEN es elocuencia de humildad para los que colocan títulos de estigma a nuestra condición de enfermos.

SEGUNDA PALABRA

«De cierto te digo hoy: estarás conmigo en el paraíso» (Lucas 23,43)

Es la respuesta de Cristo a la súplica "acuérdate de mí, cuando vengas en tu reino" del ladrón arrepentido. El ladrón a pesar de ver a Jesucristo con una imagen deteriorada y grotesca pudo distinguir en Él al Rey, al Salvador ya resucitado. Jesús le asegura su lugar en el paraíso no se hace reclamo alguno de su vida pasada, es la aceptación total con toda su integridad de la persona, porque Dios sólo espera la acción de buen ladrón de poner su confianza en el Señor.

TERCERA PALABRA

« Mujer he ahí tu hijo, hijo he ahí tu madre... s.).

Una primera interpretación ve este pasaje en sentido ético o social: Cristo entregó el cuidado de su madre al discípulo amado, cumpliendo un elemental deber filial. Debe verse aquí una instrucción de ver a María como madre de todos los cristianos, pues eso equivale a acudir a la efectividad del sacrificio de Cristo Jesús. Se ve la enseñanza de atender las cosas del reino (a las que es enviado Juan), sin desatender las responsabilidades asignadas desde antes; si amamos a Dios, amamos a nuestro prójimo y le atendemos, pero primeramente lo haremos con los más cercanos. Es el milagro más grande encontrarnos como miembros de la familia de Dios, por medio de la gracia y aceptación de Cristo, aceptando toda la responsabilidad que esto incluía; en Jesús descansaba el deber de cuidar a su Madre, la que se cree estaba viuda en esos momentos, y al no tener hijos de sangre el Señor Jesús la da por madre a Juan y en él a todos los cristianos, Juan hijo adoptivo y nuevo miembro de la familia del Maestro y por otro lado el profundo agradecimiento a la mujer que cuidó de Él, cuando era tan solo un bebé. Se ve en este acto recíproco, la demostración de que no sólo hay que recibir amor, sino saber darlo sin importar las circunstancias en las que te encuentres.

CUARTA PALABRA

«Dios mío, Dios mio por que me has desamparado' (Mt 27,46).

Es una oración tomada del salmo 22, que probablemente recitó completo y en arameo (Eli Eli lama sabachthani), lo cual explica la confusión de los presentes que creyeron ver en esta súplica una llamada de auxilio a Elías. Éste es un acto de profunda soledad y sentido de alejamiento de su Padre. Esta palabra pronunciada por el hombre crucificado es, más que un reproche hacia Dios, la oración del justo que sufre y espera en Dios; Jesús, en lugar de desesperar y olvidarse de Dios, clama al Padre pues confía en que Él lo escucha, pero Dios no responde porque ha identificado a su hijo con el pecado por amor a nosotros, y éste debe morir. Jesús, colgado en la cruz, es rechazado ahora por el Cielo y por la Tierra, porque el pecado no tiene lugar. Cuántas veces en nuestras vidas hemos sentido el abandono de Dios: ¿Por qué a mi? ¿Por qué ahora? ¿Qué hice Señor? Preguntas y preguntas como la de Cristo, que encuentran como respuesta el silencio de Dios. Por lo general, pero Dios no le respondió, es la mejor respuesta que nos puede dar, pero no lo entenderemos hasta que sepamos que del silencio brota la Resurrección.

QUINTA PALABRA

«Tengo sed» (Jn 19,28).

Es la expresión de un ansia de Cristo en la cruz. Se trata, en primer término, de la sed fisiológica, uno de los mayores tormentos de los crucificados. Se interpreta en sentido alegórico: la sed espiritual de Cristo de consumar la redención para la salvación de todos. Cuadra con la estructura del cuarto evangelio, y nos evoca la sed espiritual que Cristo experimentó junto al pozo de la Samaritana.

SEXTA PALABRA

«Todo está consumado»

Se puede interpretar como la proclamación en boca de Cristo del cumplimiento perfecto de la Sagrada Escritura en su persona. Esta palabra pone de manifiesto que Jesús era consciente de que había cumplido hasta el último detalle su misión redentora. Es el broche de oro que corona el programa de su vida: cumplir la Escritura haciendo siempre la voluntad del Padre.

SÉPTIMA PALABRA

«Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu»

Esta palabra expresa la oblación de la propia vida, que Jesús pone a disposición del Padre. Invoca el salmo 30,6, en que el justo atormentado confía su vida al Dios bondadoso y fiel. En Cristo todo se había cumplido, sólo quedaba morir, lo que acepta con agrado y libertad. Esteban, uno de los mártires cristianos, imitó a Cristo en la primera palabra, lo hizo también en esta última, encomendando su espíritu en el Señor Jesús.

Creo que del mismo modo que nos deben resultar interesantes las procesiones, y debemos acompañar a nuestros titulares, también lo es la asistencia a todos los cultos y actos que se programen.

domingo, 1 de abril de 2012

PUES YO NO ME VOY AL CAMPO


Uno de los tópicos típicos de la Semana Santa calabazona, y quizás de las ciudades de nuestro entorno, es el hecho de que la gente prefiere irse a pasar el día de campo, siempre que el tiempo (Dios mediante) lo permita. Doña Blanca, Las Cruces, el entorno de Medellín, así como las casas de campo que como segunda residencia vacacional pueden disfrutar algunos de los vecinos de nuestra comarca de las Vegas Altas.

Quizás nuestras Hermandades y Cofradías, imbuidas por ese temor a que las procesiones discurran solas por nuestras calles y plazas, han estado un tanto atenazadas en lo que a crecer o innovar se refiere, tratando de exponer a sus pasos procesionales o a la composición de su patrimonio y cortejo de la vistosidad necesaria y atractiva para que a la hora de las procesiones, se abarroten las aceras de gente esperando ilusionada el paso de nuestras imágenes.

No hay que dejar de reconocer que todos necesitamos de un período de descanso, para alejarnos del estrés diario que provocan nuestras rutinas; que son días para compartir también momentos con nuestras familias al calor de la chimenea de la casa de campo, degustando potajes, platos de bacalao con tomate y nuestros impagables dulces de cuaresma, pasión y pascua.

Por otro lado nuestros jóvenes tiran de mochila y tienda de campaña, y ven el momento ideal para desconectar de exámenes y rendimiento de cuentas a padres y profesores. Es un fenómeno que no se puede evitar y que forma parte de la idiosincrasia de nuestro pueblo.

No obstante, para los cofrades, que sabemos bien que hay tiempo para todo, y así lo practicamos cuando podemos a lo largo de todo el año; esta semana de pasión y todos los preparativos que llevamos realizando a lo largo de la Cuaresma, constituyen el momento cumbre de ilusiones, esfuerzos, desvelos, de haber dejado a nuestras mujeres e hijos en segundo plano, algunas horas y días de la semana. Todo queda cumplido en estos días de preparación de costaleros, montajes de altares de culto, montaje de los pasos, ensayos de la Banda de música, asistencia a quinarios, septenarios, triduos, pregones, conciertos, exposiciones, etc…

Días de nervios que al final vienen a dar sus frutos, y que provocan una tristeza previa pensando que todo debe empezar para terminar; días de mirar el calendario pensando en los días que faltan, y una vez pasados, ya están nuestros pensamientos y nuestras almas, cavilando sobre la Semana Santa del año siguiente. Dulce esperanza para disfrutar, rezar, llorar y reír, de emociones a flor de piel. El culmen de nuestra vida cofrade, de nuestro sentir la fe como cristianos y de contribuir en la medida de nuestras posibilidades a ser vehículo para trasmitir la fe, para dar testimonio y catequesis pública a pie de calle, y además, para seguir practicando la caridad y la preocupación por los problemas sociales que nos acechan.

Por todos estos motivos, y volviendo al título de la entrada de hoy, “PUES YO NO ME VOY AL CAMPO”, comprendo que debemos aprovechar al máximo los días de vacaciones, pero animo a todos a estar de forma puntual acompañando a nuestras cofradías en las horas de la tarde noche en la que organizamos las salidas procesionales.

-1.- El Domingo de Ramos, que la gente salga de la corrida de toros, y vaya directamente a contemplar el paso de la Borriquita de Nuestra Señora del Consuelo, que vienen desde San Juan, a entrar de forma triunfal en nuestro particular Jerusalén, entre palmas y ramas de olivo.

-2.- El Lunes Santo, la gran novedad de nuestra Semana Santa, la primera salida del Santísimo Cristo de la Oración en el Huerto, desde la nueva Iglesia de la Sagrada Familia, por las calles de su barrio. Una Asociación Parroquial que viene con mucha fuerza e ilusión, y que quiere contribuir con su granito de arena a ser el punto de inflexión de nuestra Semana Santa.

-3.- El Martes Santo, el Santísimo Cristo de Medinaceli, viene a mostrarnos a Jesús cautivo, en su gran paso de barco, preso por la salvación de nuestros pecados.

-4.- El Miércoles Santo, el Santísimo Cristo de la Paz, desde la Parroquia de Santa María, mostrándonos el sufrimiento de Jesús en su Cruz salvadora.

-5.- El Jueves Santo, la madre y maestra de nuestras Cofradías, el Cristo de la Buena Muerte y su Madre de los Dolores, que desde Santiago recorren las calles de su barrio, con parada a cumplimentar a sus “ángeles” de la capilla de las Carmelitas Descalzas, y con un encuentro en la plaza, de los dos pasos, que constituye uno de los momentos mas trascendentales de nuestra Semana de pasión. Este año, con petalada incluida al palio antes de recogerse en la Iglesia.

-6.- El Viernes Santo, la Soledad de María desde su Parroquia en el barrio de San Gregorio, que ante la cruz desprovista ya del cuerpo del Señor, camina de forma imponente tras sus pasos, y tratamos de acompañar su dolor, ante la imagen del Cristo yacente, que de manera afortunada acompaña ya el cortejo procesional. Procesión del Silencio, que también constituye una de las más veteranas y vistosas de nuestra ciudad.

-7.- El Lunes de Pascua, la celebración jubilosa de la Resurrección del Señor, en la Ermita de las Cruces, con la no menos importante Cofradía de nuestro Señor Resucitado y nuestra Señora del Encuentro Madre de los Jóvenes. Se agradece la labor de la Asociación de Vecinos del Barrio de Santiago, pero no debemos olvidarnos de que esta Cofradía se creó para tener vida propia, y ser respetados sus hermanos fundadores.

Acompañemos pues a nuestras Hermandades, y también tratemos de asistir a los cultos y eucaristías en la medida de nuestras posibilidades, sin dejar de lado el resto de actividades lúdicas que también forman parte necesaria de nuestras vidas.